RECIENTEMENTE, en la celebración del 25 aniversario de la Oficina de Planeamiento, un equipo profesional que ha trabajado en distintas áreas urbanas de Galicia, se destacaba la necesidad de la práctica urbanística, de la calidad y, sobre todo, de la voluntad de gestión. Tanto es así que los ejemplos presentados como más exitosos son aquellos en los que se dio esa condición. Hace ya más de un año La Voz de Galicia promovió un debate en torno a la salud de nuestro urbanismo. Lo bueno fue que se hizo la luz sobre la mala práctica urbanística y la destrucción del territorio, que languidecía entre el silencio de técnicos y políticos. Fue bueno porque tuvo el efecto de suspender algunos disparates que se estaban perpetrando, y también porque promovió una iniciativa legislativa, pensando que esa iba a ser la solución. La nueva ley tiene toques radicales, mezclando aspectos legislativos con otros normativos y ordenancistas, que producen confusión. También tiene algo de alegato contra la modernidad, en plan conservador, cuando, como ya he dicho alguna vez, la buena modernidad apenas ha llegado a estos pagos.Lo feo fue aprovechado políticamente, tratando de reducir el tema a una cuestión estética. Con la expresión feísmo, más coloquial que otra cosa, se evitaba decir lo que realmente era: estropicio y, peor todavía, reconocer la dura evidencia de que hoy, a pesar del indiscutible progreso, la Galicia colonizada por el hombre, con normas, leyes, planes y recursos públicos, está más deteriorada, más fea, que veinticinco años atrás.Lo malo es que, después de la que ha caído, aún no se ve una voluntad de hacer las cosas de otra manera, aunque se deben valorar las palabras del propio conselleiro al reconocer que «en once años no hemos mejorado en planificación urbanística». No se trata sólo de legislar. Es necesario un «basta ya» a nuestro Prestige particular que coloque la construcción del territorio y el urbanismo en su sitio y demuestre, además, que haciéndolo bien las cuentas salen mejor. La ciudad necesita un ritmo sostenido y no dejarse llevar por un frenesí inmobiliario para inquilinos inexistentes; un planeamiento cualitativo para los equipamientos y los espacios públicos; un compromiso urbanizador junto a la actividad edificatoria; impedir que el crecimiento disperso se haga como venga en gana, al margen de las infraestructuras, que luego han de costearse con recursos públicos. El territorio necesita políticas decididas para las áreas metropolitanas, directrices concisas para las áreas rururbanas, programas de coordinación entre administraciones y municipios limítrofes.Lo malo también es obstinarse en los viejos esquemas académicos que aún se imparten en las escuelas, que pretenden reducir la ciudad a modelos, cuando hace ya décadas que el desarrollo urbano ha desbordado esos corsés teóricos.Entre lo bueno, lo feo y lo malo la balanza tiene que equilibrarse. Hoy el urbanismo va más de gobernación de la ciudad -criterios, mercado, cultura, educación en los partidos, en los colectivos profesionales, en la ciudadanía- que de «complejos problemas técnicos y políticos» en los que algunos se escudan para no practicarlo, aunque de puertas afuera se proclame lo contrario.