SIEMPRE HE CREÍDO que la verdadera patria de los hombres es el idioma, la lengua. En él están las palabras esenciales que apuntalan nuestro oficio de personas. El primer muerto en combate en Irak, de entre todos los soldados de la llamada alianza, tenía un apellido muy cercano a nuestra cultura idiomática. El soldado Gutiérrez era uno de los nuestros, había nacido en Guatemala hace veintiún años, fue un niño de la calle, un meniño da rúa antes de convertirse en espalda mojada, para entrar ilegalmente en el paraíso del norte. Se alistó en el glorioso ejército del Tío Sam, para así conseguir algún día la ciudadanía norteamericana, y mientras tanto como residente y mercenario se fue a combatir a un país lejano, a Irak, donde encontró la muerte. Como él hay en el Golfo mil setecientos ciudadanos guatemaltecos. En esa guerra, maldita guerra, se combate en español con acento mexicano, puertorriqueño, boliviano, ecuatoriano, nicaragüense, salvadoreño, panameño, peruano, costarricense, qué se yo, se combate en español como si el idioma fuese un arma inteligente guiada por un gepeese lleno de palabras y de miedos.Cuando arrecia en el desierto la tormenta de arena, los soldados hispanos rezan a la Virgen guadalupana o a Nuestra Señora de los Ángeles, que es patrona de Costa Rica y piensan en el paisaje verde de su tierra mientras recuerdan en español a madres y novias.Todos son clase de tropa; junto con los afroamericanos, que es una forma eufemística de decir negros, son la gloriosa infantería de las barras y las estrellas, la carne de cañón, y nunca mejor dicho, de una vanguardia que no sabe muy bien por qué está luchando, no sabe cuáles son los valores que está defendiendo y no tiene identificado a su enemigo como tal.Conoce que su escenario bélico está a miles de kilómetros del país que ha elegido como nueva patria, sospecha que si muere en combate su féretro va a ser envuelto con la bandera que le iba a abrir las puertas del futuro, y que si una bala le atraviesa el corazón su nombre figurará en una lista labrada en mármol en Washington o Arlington.Son los Gutiérrez, los Vázquez, los Méndez, todos los hijos de Sánchez contados por Oscar Lewis cuando la historia era sólo sociología.Y esos muchachos, esos miles de muchachos, no entienden nada. El odio necesario para disparar no ha tenido tiempo de anidar en su pecho. Sus sueños no estaban hechos de metralla y misiles, más que disciplinados son sumisos, más que patriotas, obedientes. Si ganan esta guerra, la habrán perdido como todos nosotros, como los que escribimos desde las trincheras de la retaguardia. Ellos y nosotros somos incapaces de comprender las razones de una gigantesca sinrazón .Nosotros como ellos, tenemos mucho en común. Todo acaso menos el enemigo a batir, que continúa mirando al cielo para seguir el vuelo de la bomba asesina. Ellos como nosotros, tenemos en común que el miedo, la ira, la rabia o la piedad, la angustia y la euforia, la palabra, la última palabra pronunciada antes que la muerte venga a cerrarnos los ojos, es, será en español. Maldita guerra.