NADIE DUDA de que los americanos van a entrar en Bagdad. Su estrategia equivocada les llevó a hacer la guerra que no querían, y por eso titubearon en los puentes del Éufrates. Pero ya se han dado cuenta de que, una vez metidos en harina, resulta más llevadera una gran masacre en poco tiempo que una carnicería mitigada y de larga duración. Y por eso han decidido planchar Bagdad al vapor, sin remilgos ni contemplaciones. Caben muchas dudas, en cambio, de que la guerra se extinga con facilidad, y todo apunta a que los pobres iraquíes se verán abocados a un conflicto interminable, como los del Kosovo, Chechenia, Afganistán y media África, que nunca desembocan en la paz. Pero nada de eso va a impedir que Bush y Rumsfeld instalen su gobierno militar en Irak, implanten el dólar como moneda de curso legal, repartan el botín de la reconstrucción y del petróleo entre sus amigos, hagan un desfile victorioso en la Quinta Avenida y, después de recordarle a Europa y al Consejo de Seguridad quién es el que manda, empiecen a preparar la próxima dentellada. Para entonces, dentro de tres o cuatro años, muchos ciudadanos occidentales estarán convencidos de que la guerra fue una solución razonable y muy rentable, y toda la propaganda estará orientada a demostrar el aspecto esencialmente liberador de esta curiosa y civilizada guerra en la que mueren más niños y madres que soldados invasores.Pero es evidente que estamos ante una victoria pírrica, y que las cuatro migajas que vamos a ganar no son nada en comparación con los tesoros que vamos a perder. Frente a la pretensión de formalizar los conflictos e institucionalizar las soluciones, estamos entrando en una dinámica de violencia en la que sólo rige la ley del más fuerte. Frente a la idea de que la política y la guerra son dos órdenes jurídicos distintos, estamos actuando como si la guerra fuese la continuación de la política por otros medios. Frente a la creencia de que la ONU se puede convertir en un foro de paz de concepción pluralista, estamos regresando al imperialismo unilateral y refrendado por las armas. Y frente a la idea de que los conflictos se solucionan aliviando su presión y rebajando su virulencia, habremos sentado el principio de que los globos se vacían reventándolos.El primer mundo tiene dos graves problemas: las grandes migraciones que empuja la miseria, y el haberse constituido en una isla de riqueza rodeada de un océano de pobreza y dictadura. Pero, lejos de apostar por aliviar las tensiones y la injusticia, estamos apostando por hacer murallas más altas y operaciones de castigo más brutales. Y eso es tanto como acumular leña en la misma hoguera que nos puede quemar.