EN LA CAMPAÑA de Irak, víctima civil que se produce es punto que se pierde en la cuenta de resultados -políticos- perseguidos: principalmente, el repudio del régimen de Sadam Huseín y el principio de un largo y complejo proceso democratizador. Por ello es presumible que para EE. UU. y sus aliados resulte de la mayor importancia reducir infinitamente los llamados «daños colaterales», igual en los bombardeos aéreos y navales que en las batallas que se libran en tierra, o en las operaciones destinadas a rechazar los hostigamientos de la guerrilla y las acciones de los comandos suicidas.Conforme esa misma regla de tres, la guerra total a que se ve obligado el mando militar iraquí puede aconsejarle la infravaloración metódica de riesgos mortales para la población civil. Estribar primordialmente la defensa en la constitución de las retaguardias urbanas como trincheras; emplazar las defensas antiaéreas en los terrados de los edificios destinados a viviendas; emplear el terrorismo de los suicidas en los mismos escenarios ocupados por los automovilistas; quemar petróleo en fosos perimetrales de Bagdad para interferir los sistemas de guiado de los misiles, como complemento de tecnologías -rusas- diseñadas para el mismo fin¿, traen como resultado los impactos de cohetes en espacios urbanos, la caída en los mismos lugares de granadas antiaéreas, la represión militar contra los Felagas, el acribillamiento de un monovolumen ocupado por mujeres y niños, el sometimiento de los civiles de retaguardia por las milicias armadas del régimen. ¿Quién hierra y quien acierta en el cálculo? Las preguntas se acumulan en tropel: ¿cabe el ilegítimo empleo de riesgos militares a costa de la población civil cuando se afronta una guerra cuya legitimidad se discute? En cualquiera de los sentidos, lo mismo en un bando que en el otro, la bondad de los fines no puede justificar la ilegitimidad de los medios.