LOS DOMINGOS en París los quioscos de prensa son perezosos y los diarios extranjeros poco madrugadores. Cuando llegaron los periódicos españoles ya era media mañana y la fotografía de las portadas se repetían como un grito retratado en las cabeceras de los diarios de toda Europa. Era una fotografía de autor anónimo firmada por la agencia Reuters. El texto, el pie de foto era idéntico en todas las lenguas cultas de Europa y decía cómo unos soldados británicos en Fao contemplan los cadáveres de dos soldados iraquíes muertos . El daguerrotipo retrata a dos militares prácticamente decapitados y resguardados en una pequeña trinchera que más parece una tumba que un baluarte defensivo. A un lado, junto a los dos cadáveres, una bandera blanca. Un trapo y un palo que sirve de mástil pregona su rendición, su estúpida y estéril, su vana rendición, porque la muerte, el disparo de fusil o el obús inteligente no dio lugar a enarbolar la bandera blanca que sobresale del parapeto. Es la foto fija de una guerra desproporcionada, el retrato de una invasión que cambió las banderas y modificó los mapas, la crónica, el flash de una humillación, el reportaje efímero de la soberbia de los poderosos, el anuncio de una matanza que cuenta, a los siete días de guerra, a los muertos por millares.Y me quedé clavado, petrificado viendo la foto multiplicada en las primeras páginas de los principales periódicos europeos, cuando aquella mañana en París brotaba la primavera, que nacía frente al número veinte del bulevar Hausman, quiosco de prensa.Y entonces renegué de todas las guerras preventivas, de los ataques humanitarios, del desprestigio de la palabra libertad, de todos los sátrapas y dictadores, de los obvios y de los encubiertos, de las operaciones terapéuticas que sirven para cambiar sangre por petróleo, del silencio cómplice de los intelectuales admirados, del sálvese quien pueda de los políticos, de la subversión lingüística del poder, de la mentira como argumento, de las ambiciones y las mezquindades y del género humano al que pertenezco, que se empeña en desandar el camino recorrido en dos mil años de civilización judeo cristiana.Aquellos soldados, ese par de cadáveres que un fotógrafo registró en su cámara para vilipendio de toda nuestra especie eran únicamente dos patriotas, dos muchachos barbilampiños con el miedo metido en todos los poros de su cuerpo. Estaban ahí para defender a su país de un invasor que no tiene ningún motivo conocido para agredirlos, para asesinarlos en nombre no se sabe muy bien por qué.Un viento de locura recorre el mundo, lleva la muerte prendida de la brisa. Ahora es Irak, la tierra prometida, un país que tiene su geografía asentada sobre la más grande reserva de petróleo conocida. Cuatro jinetes cabalgan de nuevo con la Apocalipsis como divisa, el mensaje es un orden nuevo para el viejo mundo, no les caben en la boca los discursos que nadie entiende de los gobernantes aliados. Un babel de confusión nos hace escuchar palabras que quieren decir justo lo contrario de lo que nos cuentan. La paz mundial vuelve a ser una utopía, y Dios no está ni se le espera, pues vuelve a jugar a los dados con Alá y tiene al mundo, al universo, como tapete. Esa fotografía nos identifica. Todos nosotros somos las víctimas, somos los dos soldados fotografiados. Todos nosotros somos los asesinos, la carga mortal que empujó la bala, el viento que silvó al paso del obús. Aquella era la más bella mañana en un París solidario.