ÉRASE una vez un país, en el cual las palabras más usadas eran paz, amor, cariño, entendimiento, respeto, comprensión. Los ciudadanos eran felices y sonreían por la calle y también al llegar a su casa. No pasaba nada. Se podía decir: sí y también no, nunca y siempre. Se podía pintar de negro lo blanco, y de blanco lo negro. Todo el mundo entendía a todo el mundo y nadie se molestaba por las opiniones de los demás. Los padres se dedicaban a trabajar y a educar a sus hijos. Los profesores a sus tareas de enseñar y guardar la ropa. Los alumnos a estudiar y a formarse. Los consejeros a dar buenos consejos. Los políticos a hacer política, olvidándose de demagogias, insultos y descalificaciones. Los periodistas a informar con rigor. Los curas no amenazaban a los pecadores y predicaban amor. En las manifestaciones, había un control de salida y se entregaba un número a cada persona, para saber con certeza el número de participantes. Nadie abucheaba a nadie. Érase una vez... un país de los sueños.