El soniquete de la vieja canción infantil se me viene a la cabeza a todas horas: «Pelotas es un estado confederado que hay en Brasil». No recuerdo el resto. Hace tiempo que sé que Pelotas no es un estado -menos aún, confederado-, sino una ciudad que sí está en Brasil, en el sur. Acabo de llegar a ella hace unas horas y desde aquí escribo. Pelotas, con sus peculiaridades, es como todo el país. Está llena de personas de una rara humanidad y con una clase de brillantez que debe de ser fruto de tanta mezcla de razas. Todo eso junto se manifiesta en su modo de hacer periodismo. La guerra me ha pillado aquí y me ha permitido comprobarlo más de cerca. Leí un fantástico artículo en el que, citando a un poeta latino, se decía que sólo las madres han estado siempre en contra de las guerras, porque en ellas mueren sus hijos. Y mientras todos llenaban sus primeras páginas de misiles, aviones de combate y armas de tecnología sofisticada, uno de los diarios de mayor difusión del país ilustraba la noticia con las fotos de un niño iraquí, que se veía obligado a abandonar Bagdad con toda su familia, y una niña americana que lloraba la partida de su padre hacia la lucha. El dolor de los inocentes, para Brasil, es la única verdad de toda guerra. Concordo.