Antes y después

J. M. DE AREILZA CARVAJAL

OPINIÓN

ESTAMOS ante una guerra legítima sin suficiente respaldo legal, que ojalá sea corta y no desemboque en un conflicto civil. No bastarán sin embargo unos meses de intervención militar para traer la estabilidad y la democracia a la región más explosiva del mundo. La coalición internacional debe implicarse a fondo y a largo plazo en la reconstrucción de Irak y empujar con el mismo empeño las reformas políticas, sociales y educativas en sus vecinos. La victoria no será suficiente, sin embargo, para rehabilitar a la diplomacia norteamericana. Ésta pasa por uno de sus peores momentos, a pesar de tener al frente a un político de gran talla como Colin Powell. La semana pasada todos los miembros permanentes del Consejo pensaban que Sadam Huseín no cumpliría nunca las obligaciones de desarme. Rusia, como era previsible, sólo ponía precio a su levantamiento del veto y Francia reclamaba poder escenificar unas semanas más su dulce arrogancia moral antes de dar su brazo a torcer. Con un poco más de temple y paciencia, la Administración Bush podía haber conseguido una resolución expresa en vez de iniciar un ataque sin apoyo suficiente en la legalidad internacional. Pero no ha tenido la inteligencia de esperar y convencer. Han podido más el calendario electoral de Bush y el desprecio de los halcones del Pentágono al ideal de seguridad colectiva que su propio país creó en 1945. Como ha señalado el profesor Joseph Weiler, estas torpezas han despertado un anti-americanismo casi universal y en buena medida injusto. Dentro de la Unión Europea ya han empezado los movimientos para recomponer las relaciones entre los principales gobiernoss. La Unión es más fuerte de lo que parece y se hace muy necesaria en momentos de incertidumbre económica. Los líderes europeos han reconocido que queda mucho por andar antes de conseguir una política europea exterior y de seguridad común merecedora de ese nombre y han reafirmado la importancia del vínculo transatlántico.