¿PARA QUIÉN gobierna José María Aznar? ¿Para los cuarenta millones de españoles o para satisfacer a tía Margarita? ¿Gobierna para hacerse la foto con el trío de las Azores o para construir una España de futuro? ¿Se ha enterado de que el ataque a Irak no cuenta con el respaldo de la ONU y que, por lo tanto, es ilegal? La historia no va a recordar al presidente español como el gran estadista con el que él siempre ha soñado en convertirse. La historia lo va a colocar en el apartado de empecinados, pertinaces y testarudos. Por mucho que insista en tratar de justificar su apoyo incondicional al ataque unilateral a Irak. Por mucho que hable de asumir responsabilidades y de que hay que «sentar las bases para la convivencia internacional». Olvidándose de que cada día se hace más necesario restablecer la convivencia interior que está hecha trizas.El empecinamiento de Aznar es para nota. Con las calles atestadas de manifestantes. Con los actores, intelectuales y profesionales, movilizados. Con todas las fuerzas de oposición en contra. Con los medios de comunicación en evidente discrepancia. Con más del 86 por ciento de la sociedad española censurando su actitud, José María Aznar mantiene su política de confrontación. La de empecinamiento. Lo ha hecho con Euskadi, con el Plan Hidrológico Nacional, con la reforma laboral, con la educativa, con el Prestige y con el ataque a Irak. Es su forma de ser. Parapetado en la mayoría absoluta.Alfonso XIII, que no acabó sus días, precisamente, en la gloria, lo dijo en 1924, en una entrevista al periódico parisino Le Temps: «No siempre hay que recurrir a los votos para saber lo que quiere el pueblo. Sábese por las variadas manifestaciones de sus tendencias, de sus sentimientos, lo que piensa y desea».