AL FINAL se cumplió la profecía. A las 3.40 horas de hoy el presidente George W. Bush apretó el botón de la guerra, para que un formidable y sofisticado ejército, el más poderoso de la historia, iniciase su imparable progresión hacia la ciudad de Bagdad. Las primeras noticias nos hablan de una lluvia de fuego que, en forma de misiles y bombas de alta precisión, está barriendo las comunicaciones del maltrecho ejército iraquí, cortando el suministro y la movilidad dentro de las ciudadades, y haciendo inútil cualquier intento de defensa. Y todo apunta a que, si los suicidas no lo impiden, vamos a asistir a un rápido derrumbe de todo el sistema defensivo de un dictador que ya en 1992 dejó bien claro que ladra mucho más de lo que muerde. Para eso se creó la formidable máquina de guerra que puso cerco a Irak, y para eso se inflaron las previsiones de plazos y víctimas que, una vez comparadas con las cifras reales, deben dejarnos la sensación de que todo se resolvió con un coste ?aceptable?. En esta tesitura, cuando las palabras ya no sirven de nada, cabe esperar que los generales iraquíes sepan interpretar el tufo de la derrota, y que, haciendo gala de la más importante virtud castrense, no sacrifiquen ninguna vida en el altar de las apariencias. Nadie sabe mejor que ellos que esta guerra estaba perdida antes de empezar. Nadie conoce mejor que ellos las debilidades de un ejército reclutado al servicio de una clase dirigente que mantuvo más de veinte años de dictadura y varias guerras al servicio de elites corruptas y de megalómenos proyectos para una sola nación árabe. Por eso saben que los frentes se van a derrumbar como castillos de naipes, y por eso sería bueno que, siguiendo al mismísimo Demóstenes, tuviesen muy claro que los soldados caídos después de la derrota no añaden gloria a sus generales. Pero si esa es la actitud que le pedimos a los militares iraquies, también debemos pedirnos a nosotros mismos que la euforia de los éxitos militares no nos haga perder la conciencia del gravísimo acto de agresión que se está cometiendo, y que no caigamos en la trampa de justificar la guerra desde su propia lógica y en virtud de las ventajas del ganador. Porque a medida que los ejercitos de Bush avanzan hacia Bagdad, tambien se consuma la crisis de la política internacional, se inicia una dificilísima posguerra, y se abren todas las incognitas sobre las fichas que van a caer con el empuje de Afganistán. Son los profetas los que están cumpliendo su propia profecía. Porque todo esto estaba previsto, mientras se gastaron tres meses preparando el asalto y mareando la perdiz de la ONU. Y así, como dicen los niños de Forcarei, no se vale.