HASTA MEDIADOS de los noventa, José María Aznar fue un digno y fiel sucesor de Franco. Había recibido la herencia un tanto dilapidada del caudillo, en cuya decrepitud los comunistas, masones y judíos, tomaban libertades ina-ceptables para los auténticos integristas. Era tal la prepotencia alcanzada por esas y otras raleas, a las que se añadieron los homosexuales, que como buen neofranquista, Aznar adoptó la estrategia de la araña, consistente en emboscarse, tantear el lugar y tejer una tela flexible y viscosa en la cual atraparía a los españoles. En toda regeneración -de sangre o moral-, se suele remontar más allá de lo necesario. Ejemplos de ello abundan en nuestra triste historia, desde la cremación de judíos o la expulsión de los moriscos hasta nuestra última cruzada, por abreviar. En esto también Aznar es consecuente con la regla, y si antes señalé los años noventa, es porque en su decenio, exactamente en el 96, este pluscuanfranquista lanzó una ofensiva diplomática contra el régimen de Fidel Castro. Así rompió con nuestra tradición política, que duraba desde que los americanos nos declararon la guerra hundiendo en las costas de Cuba su propio barco, el Maine , episodio que nunca olvidó el dictador Franco, tal vez porque era pintor de naufragios. Desde el triunfo de la revolución castrista instauró una política de «relaciones especiales» con La Habana, situada por encima de las ideologías. No se sumó al bloqueo de la isla, e incluso en los momentos cruciales, para Fidel mantuvo esta posición, económica y diplomáticamente. Al romper con este buen entendimiento comienza el vasallaje de Aznar ante los norteamericanos. Lo que no hicieron Franco ni Fraga en Galicia lo hizo él. El giro hacia la sumisión se inició inmediatamente después de su llegada al poder. Anunció la suspensión de la cooperación con Cuba en una conferencia de prensa conjunta con el vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore, de visita en España, dejando así bien claro que en el asunto cubano, España se alineaba con la política de mano dura yanqui. Esto explica el que la diplomacia española, lejos de ponerse en la cabeza de la Unión Europea para promover una reacción enérgica a la ley Helms-Burton, se limitase a manifestar un tibio rechazo a dicha norma, poniendo de hecho fin a la «no intervención». La política de España con Cuba, calificada por los fidelistas de «entreguismo» a los Estados Unidos va a contracorriente del espíritu que impera en la comunidad internacional. Incluso el Vaticano, cuyo jefe realizó una visita ejemplar a La Habana, es partidario del diálogo, y se opone al embargo que pesa sobre la isla. Al ser Aznar más franquista que Franco, España deja vacante el espacio político que antes ocupaba como interlocutor privilegiado entre la Unión Europea y Cuba, un papel que se disponen a asumir Francia, Italia y Portugal. Por supuesto, Aznar también es más papista que el Papa. Juan Pablo II se ha puesto inequívocamente al lado de los pacifistas. Lo dice en sus homilías, recomienda ayuno a los católicos y envía mensajeros a Washington. Doctrinalmente, todos los católicos deberían seguir al pastor, sino, ¿qué rebaño es éste? Recuerdo la propuesta de don Quijote para vencer al turco que amenazaba las costas españolas: enviar a cinco o seis caballeros andantes para hacer trizas a la armada otomana. Tan utópico sería que el llamado Sumo Pontífice amenace con excomulgar a los pocos católicos que se dispongan a causar miles y miles de muertos.