¿Qué gente, señor vicepresidente?

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

11 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

«QUÉ VIDA tan diferente, la suya y la mía señor presidente». Leyendo ayer las increíbles palabras pronunciadas por Rajoy en un acto interno del PP, recordé esos versos que cantaba Facundo Cabral en los setenta. Pues, en verdad, qué vida tan diferente debe ser la nuestra y la del vicepresidente primero del Gobierno, para que Rajoy llegue a afirmar, como ha afirmado, que la catástrofe del Prestige o la crisis iraquí «son asuntos muy llamativos, muy importantes», pero «cuya incidencia real en la vida de la gente no es tanta». ¿De qué gente, señor vicepresidente? Por favor, si no es molestia, ¿dónde está esa gente, dónde vive, o mejor, dónde se esconde, para que a nadie, salvo a usted, le haya sido concedido el don de su visión? ¡Sáquenos señor Rajoy -se lo rogamos- de esta congoja, que nos impide observar lo que, según parece, es evidente!Porque, sí, lo que nos asusta de las palabras de Rajoy es que hayan sido pronunciadas por él y no por otros. De hecho, no habrían sorprendido a casi nadie si hubieran procedido, por ejemplo, de ese auténtico titán de la desvergüenza en que se ha convertido Álvarez Cascos. El vicepresidente no es, sin embargo, el ministro de Fomento: por el contrario, es un político de fuste, con el que se puede estar o no de acuerdo, pero cuyo talante y forma de actuar se sitúan a años luz de ese modelo de profesional de la política que pugna por dominar cada vez más la escena pública española.¿Cómo es posible, por lo tanto, que Rajoy haya sostenido lo que sólo podría sostener un provocador o un ignorante, no siendo, como no es, ni una ni otra cosa? Para esta pregunta sólo existe, me temo, una respuesta: que, como consecuencia del desempeño de su cargo, Rajoy vive en un mundo de fantasía que nada tiene que ver con aquél en que vivimos los mortales, es decir, los electores.Un mundo de coches oficiales, reuniones de partido, asesores y cobistas; un mundo irreal que acaba por convertir a líderes inteligentes y sensatos en una especie de autistas políticos que sólo se enteran de lo que les llega, filtrado y censurado, por los canales oficiales del partido o del gobierno, y que consideran cualquier otra información que no sea la oficial, falsa, manipulada o desleal.Es ese un paraíso del que sus habitantes sólo suelen salir a golpe de derrota electoral, cuando el pueblo les demuestra que en la vida de la gente la incidencia de una catástrofe ecológica, económica y social casi apocalíptica; o la de una guerra cuyos objetivos no son compartidos por la inmensa mayoría, es tan real como lo es su propia vida. Tan real como para decidir, a veces, cambiar de mayoría.