COMO el bromuro es un depresor nervioso que atempera y sosiega el pipí y los ímpetus, la comisión pro dieta mediterránea pronto exigirá la ingestión de unas migajas de la sal a la entrada de espectáculos apasionados como el fútbol o los debates parlamentarios. Tras la dosis todo tendrá, dicen, otras dimensiones. Mas, ¿será feliz el hombre en la paz? Muchos aseguran que la paz y la restricción de la adrenalina concluirán en un colosal aburrimiento. El hombre para estar a tono y crear necesita efervescencia. Cuando en un estadio ocurriese la dialéctica de un posible penalti o en el Parlamento el conflicto de una votación polémica, y los interfectos acogiesen las situaciones con reposado talante, sin duda que la sustantividad de las cuestiones se habrá convertido en despreciable escoria. Por eso, aunque nadie ha solicitado mi parecer, me niego rotundamente al bromuro. Me gusta enardecerme, soltar tacos y luego regresar como Santa Teresa al estado ético. El bromuro, para conservar camarones.