Hitler y Sadam

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

LA NECESIDAD de disculpar lo injustificable acaba por jugar malas pasadas. El presidente José María Aznar, en su afán por razonar su incondicional apoyo a los planes bélicos de George W. Bush, viene haciendo ejercicios comparativos entre Adolf Hitler y Sadam Huseín. A nadie se le ocurre ya defender el comportamiento del presidente iraquí. Pero cada vez son más los argumentos que se van cayendo por su propio peso. También éste. Adolf Hitler, el personaje más sanguinario que nos ha dejado el siglo XX, vivía con una obsesión: crear un nuevo orden mundial. Su lucha contra el comunismo era poco más que una disculpa para lo que él consideraba sus «legítimas reivindicaciones».Hitler se apoyó siempre en la advertencia de guerra para llevar a cabo sus propósitos. Amenazaba con utilizar la violencia para intimidar a sus adversarios. El miedo a un conflicto bélico, junto con la maldición comunista, los empleó para convencer a algunos estadistas europeos de que la hegemonía alemana era el único camino para alcanzar la paz. Pero el feroz dictador buscaba el dominio de Europa como primer paso para la conquista de la Unión Soviética. Así, haría posible la creación de un Reich, racialmente puro, capaz de mantenerse frente al resto del mundo.La historia no miente. Y nos recuerda que la guerra, con lo que creía una invencible maquinaria bélica alemana, era el instrumento que proyectaba utilizar para la creación de un nuevo orden mundial.Por eso tratar de meter en el mismo saco a los despreciables alemán e iraquí carece de sentido. No es Sadam, precisamente, quien en estos momentos pretende establecer un nuevo orden mundial. No es Sadam quien vive obsesionado por dominar el planeta. No le vendría mal a Aznar leer algo más de historia.