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Los libros quemados

OPINIÓN

EL DESTINO de los libros es ser leídos para luego descansar su memoria en los anaqueles de una biblioteca, aguardando que otras manos, quizás de un joven, acaso de un viejo, vuelvan a elegir su compañía. Porque en los libros están los afectos, el antídoto contra la soledad, son nuestros más leales aliados y raras veces nos defraudan. Hay libros que recorren con nosotros toda una vida, viajan desde nuestra infancia y nos van llevando por el camino, por las islas del tesoro que nos conducen a la vejez. Recientemente me han conmovido dos noticias que dan cuenta y razón de incendios producidos en dos grandes bibliotecas. En la reconstruida biblioteca de Alejandría, faro histórico que hace miles de años iluminó la cultura de esta parte del mundo, y el incendio que ha destruido la mayor parte de los fondos de la biblioteca del Congreso de Ecuador.Siempre he temido el aldabonazo en la conciencia de los hombres que supone un libro quemado. Los incendios de bibliotecas son un mal presagio, un fatal augurio que nos lleva, en estos tiempos de mudanza, a otros días en que en las plazas de ciudades y pueblos ardían las piras de libros que condenó el fanatismo. Y esas fechas todavía no están tan lejanas para obtener la categoría del olvido, aunque todo haya comenzado con las hogueras de la Inquisición y nos hayamos enterado por el cine que los libros, según Trufaut, arden a 451º Fahrenheit.Los hombres nos construimos con los miedos que nos cuentan y que sufrimos. En multitud de ocasiones encontramos en el bálsamo de la literatura el elixir de Fierabrás que ansiosamente demandamos.Mi corazón se ha llenado de tristeza, al conocer la noticia reiterada. A veces el libro de la vida te sorprende con una página que no quisieras leer nunca. La página del dolor y de la enfermedad, la página del fuego que destruye y condena a todas las desmemorias. Son una gavilla de páginas de un libro oscuro y lleno de imprevistos, pero en este momento recuerdo más que nunca a Shakespeare para subrayar que algo huele a podrido en todas las dinamarcas, y contarle de nuevo a Horacio, que por más que se empeñe continúa habiendo cosas en el cielo y en la tierra que nuestra imaginación es incapaz de comprender. Decididamente, hoy no tengo un buen día.