EL EGO es eso que todos tenemos sin saber muy bien lo que tenemos, y puede ser que sea lo que somos sin tener idea de ello. Es un misterio inquietante con tendencia a convertirse en una clave pasmosa cuyas explicaciones han hecho millonarios a productores de cine, guionistas y directores del ramo, y han proporcionado -y proporcionan- un medio de vida bastante lucrativo a los profesionales del psicoanálisis (argentinos o no). Hay religiones que lo subliman hasta las más fulgurantes alturas, y hay filosofías y concepciones de la vida y el mundo -como la budista, por ejemplo- que aconsejan reducirlo a la nada. De modo que las reglas del juego con el ego son de amplio espectro. Se mueven entre la necesidad de nutrirlo, aderezarlo y exhibirlo con las mejores galas que el presupuesto permita, y el inquietante beneficio que podríamos obtener si cada cual colocara su ego bien sujeto en la banca del carpintero y le fuera dando por los lomos con el cepillo hasta reducirlo a astillas y las astillas a serrín y el serrín a cenizas esparcidas por el mar y la montaña. Y nada sería más fácil que la decisión y la voluntad de hacer una u otra cosa, si supiéramos lo que es exactamente el ego y, en consecuencia, por donde meterle mano. Pero por ahí comienza nuestra ignorancia. El ego es tan escurridizo como las anguilas, las ideas geniales y las flatulencias. Hay, sin embargo, personas que suelen referirse al ego sin saberlo. Es el caso que se plantea cuando alguien dice de otro que «es muy suyo. Fulanito es que es muy suyo». Bueno, pues lo «suyo» de Fulanito suele ser su ego o andarle muy cerca. La cuestión se pone mucho más en evidencia cuando alguien admite o proclama algo así como «es que yo soy muy mío». Eso «yo», ese «soy» y ese «mío» -tan próximo al «mi, me, conmigo»- son facetas diversas del ego, en pugna por ponerse cada cual en su debido lugar. El ego está casi siempre en pugna, y puede que uno de sus más elocuentes atributos sea una sincera preocupación por mantener la debida compostura en la debida dimensión. Ese es, también, al parecer, uno de sus problemas más propios, pues la compostura y la dimensión del ego son rasgos colocados bajo el síndrome del crecimiento exponencial. Son como universos en expansión; todo lo quieren para sí y les resulta muy trabajosa la conciencia del otro y de los demás como cosas diferenciadas y diversas. El otro día, sin ir más lejos, Ramón Pernas y yo asistimos en carne propia a un testimonio esclarecedor de lo que es el ego. Estábamos saboreando en una barra madrileña un caldo excelente del Marqués de Griñón cuando una señora de más que mediana edad interrumpió nuestra conversación para dirigirse a Ramón y preguntárle: «Oiga, ¿usted es de Ciudad Real?». Ramón tragó saliva y yo puse cara de de circunstancias. «Señora», contestó Ramón a la señora, «yo soy gallego». «¡Ah! -dijo entonces la señora-, es que yo soy de Ciudad Real». La señora se fue con eso, y no hubo más. Yo me quedé pensando en que si los seres humanos tienen su ego, al igual que Valladolid su Pisuerga, es muy probable que Madrid tenga también su ego. Un ego de su padre y de su madre, de entre los Cien Mil Hijos de San Luis y las Brigadas Internacionales, y al que le da lo mismo de dónde seas, siempre que le sirvas para dejar bien claro que él es de... Ciudad Real. No está mal.