Fuera máscaras

ANTONIO GONZÁLEZ

OPINIÓN

04 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ANDUVO la gente disfrazada con ropas pesadas por el mal tiempo que, por fin, se va a hacer puñetas, cuando el carnaval irrumpió como una especie de remedio surrealista para compensar con la farsa la cruda realidad de un invierno maldito, que empezó con el desastre del Prestige , seguido de nevadas, inundaciones y temporales y está culminando con la grave amenaza de los tambores de guerra en Irak, un lugar lejano hasta hace poco, pero que a nosotros nos suenan muy cerca si, como parece, vamos a formar parte de la santa cruzada . Así es que, en medio del hartazgo de tantas calamidades, el carnaval de este año se ofreció como un desahogo, como una especie de vacuna cívica contra las mascaradas de mal agüero. Este maldito invierno ha tenido, sin embargo, algo positivo: la rebelión de las masas , con sus gritos de «Nunca máis» y «Guerra, no», que han movilizado a una sociedad que no quiere participar en el carnaval político como clase pasiva y, antes al contrario, decide organizar su propia cabalgata, a cara descubierta, al grito unánime de ¡fuera máscaras! que, en el fondo, aglutina a todos los gritos posibles de rebeldía. ¡Fuera máscaras, es carnaval!... Propongamos una tregua en la que se queden en las perchas los disfraces habituales, tales como: la prepotencia del poder político, los uniformes de guerra cuando están cargados de malas intenciones, los falsos pacifistas, las togas y puñetas arrugadas, la demagogia y la hipocresía de los aspirantes al poder, la avaricia insaciable de los que coleccionan dinero, el odio y la violencia, el fariseísmo de algunos religiosos, la xenofobia, las alimañas de las desgracias ajenas, los calumniadores, los aduladores, los escandalosos, los mentirosos conscientes, los profesionales desa-prensivos, los especuladores que se fuman un puro en los palcos de los circos... Y cerrando filas, todas las mafias que nos alegran la existencia. Un rico y variado desfile de máscaras, cuanto más trágicas más ridículas, que componen el gran carnaval de la realidad de nuestro tiempo.