Cocido

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

01 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SON unas fechas maravillosas. Un ejemplo de optimismo gastronómico, un alarde de patriotismo, un despliegue de nacionalismo hasta la médula, la del cerdo, claro. Nada como reunirse con amigos o familia para las laconadas de rigor. No hay que privarse. Después de la cuesta de enero, no hay como enfrentarse al plato nacional. Primero, la sopa para templar el cuerpo. Después, ese lacón en su punto de sal, esa patata enorme, esa costilla que se deshace (ay, cómo sabe la parte más pegadita al hueso), esos grelos (la auténtica bandera verde de nuestra tierra) en su punto de acidez. Un lujo. No tengo nada contra la nueva cocina, salvo que te sueles quedar con unas ganas tremendas de volver a comer. Pero agradezco estos días de barbarie gastronómica. Al carallo, perdón, las exquisiteces. Cachola, morros, lo que sea, y, cómo no, ese chorizo, rojo, bien rojo, que chorrea para mojar el pan de brona, qué gloria. Todo bañado en un vino con guantes de boxeo, muy peleón. Por supuesto, no se puede levantar uno de la mesa sin las filloas (las crepes a su lado son un desastre) con miel, con azúcar, y las orejas. Dulce para cerrar la fiesta de los sentidos. En la cumbre, por qué no, un tiro de licor café. ¿No ven el mundo de otra manera? cesar.casal@lavoz.es