NADA VA a ser ya igual en la Unión Europea. Su construcción no podrá seguir el rumbo, como si nada hubiese ocurrido. Las heridas que le ha propinado el proyectado ataque de Estados Unidos a Irak, lleva a algunos europeístas a asegurar que habrá que comenzar de nuevo. Giscard lo ha expresado con claridad. Estamos como antes del Tratado de Maastricht. La fractura en la comunidad europea es evidente. Lo es también en la OTAN y en la ONU, pero, sin duda, más dramático en Europa. La incomprensible posición española de apostar por la guerra, apoyando a Reino Unido e Italia, frente al eje franco-alemán, rompe la unidad que se vino manteniendo y cualquier proyecto de futuro que pretenda llevarse a cabo, en un momento especialmente relevante: cuando la Convención redacta un proyecto de Constitución Europea que debería de quedar aprobada, mediante un nuevo Tratado de Roma, a finales de este año. España ha destrozado, con su apuesta americana, sus lazos con el núcleo más importante de Europa. También lo ha hecho con la comunidad latinoamericana, con el mundo árabe y con el 94% de la opinión pública española que se muestra contraria al conflicto. Pero, sobre todo, con Europa. Con ese sueño en el que venimos trabajando desde hace décadas y en el que llegamos a ocupar un lugar preferente. Con ese diseño en el que nos hicieron depositar las esperanzas de una España moderna, próspera y competitiva. Con uno de los proyectos históricos, geográficos, políticos, económicos, sociales y culturales más homogéneos. Sea cual sea el desenlace del gran conflicto; y la posición española a partir de este momento, Europa queda ya tocada. Ese es un tremendo error histórico. Que pasará factura. Y en el que el Gobierno español tendrá una responsabilidad vergonzante.