ESTADOS UNIDOS y Francia pertenecen al mismo bloque estratégico, tienen intereses económicos similares y con frecuencia cruzados, y están gobernados por un mismo concepto de democracia que, muy enraizado en la cultura occidental y en la defensa de la libertad, sirvió de modelo para la inmensa mayoría de países que ordenan su convivencia por medio de una Constitución escrita. Por si eso no fuese suficiente, las historias de Estados Unidos y Francia se encuentran en momentos prodigiosos, y nadie puede tener dudas de que nuestro mundo no sería el que es sin la contribución de los revolucionarios franceses a la independencia de América o sin la presencia del ejército americano en la II Guerra Mundial y en la liberación de Francia. Por eso Francia y América se admiran y respetan mutuamente, y por eso llama la atención el que dos países tan grandes y tan próximos protagonicen un desencuentro tan radical en la cuestión de Irak. Para entender esta situación no basta con analizar los hechos y los contextos de esta crisis bajo la perspectiva de una reordenación económica y política del Medio Oriente, como si todo se redujese al desarme de Sadam Huseín. Porque lo que de verdad enfrenta a Chirac y a Bush es la concepción filosófica del orden mundial, y el sistema de pesos y contrapesos que ha de dirigir y defender los equilibrios de fuerzas e intereses. Y, mientras Bush se muestra partidario de un club de países fuertes y ricos que imponga su ley al resto del mundo, bajo el indiscutible liderazgo de Estados Unidos y de sus propios intereses, el presidente Chirac y la diplomacia francesa apuntan hacia la necesidad de un orden internacional pluralista y dirigido por consenso, en el que la tutela inicial de los países más democráticos y desarrollados no llegue nunca a confundirse con la ley del más fuerte. Francia y Alemania juegan a largo plazo, mientras Estados Unidos, el Reino Unido y España hacen regates en corto. Y así se entiende que lo que Chirac y Schröder consideran como una solución suficiente y estable, que desarme a Irak en un tiempo razonable y deje los diseños del futuro en manos de la ONU, la coalición más beligerante, liderada por Bush, lo ve como la pérdida de una ocasión inmejorable para consolidar su dominio e imponer un orden a su medida. Por eso, puestos a escoger entre las dos alternativas, creo que el resurgir de una Europa fuerte es una condición necesaria para la paz duradera, y para que la ONU retome la gestión del problema iraquí bajo la fórmula del consenso y la vigilancia de los cascos azules. Porque están en juego dos visiones del mundo, y España, con Blair y Bush, está apostando por la que no tiene futuro.