Polvo de estrellas

| ALBERTO SORDI | 1919-2003 |EDUARDO GALÁN

OPINIÓN

25 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ALBERTO SORDI encarnó a la perfección al hombre anónimo, bajito y ridículo, burgués pequeño al que se le mueren los sueños nada más tocarlos. Fue un payaso amargo, vencido por la realidad, como ese vitelloni de Los inútiles de Fellini, abrazado a la cabeza de cartón, derrotado por el aire de la mañana del martes de Carnaval. Así que no es raro que se haya ido por estas fechas. Nació en Roma en 1919, aunque hay fuentes que hablan de 1920. Adolescente aún se metió en el mundo de las variedades que luego recrearía en Polvo de estrellas , retitulada en España como Esa rubia es mía . Fueron miles de horas de contacto con el público menos refinado, de teatro en teatro, de pueblo en pueblo. Luego, en los últimos años de la década de los treinta, se convirtió en figura de las fotonovelas, héroe de papel como el Jeque blanco que interpretó para Fellini. Debutó en el cine en 1938 pero es en la década de los cincuenta cuando Sordi alcanza la popularidad metido en la piel de eso que llamaron el italiano medio, dirigido por Steno, Zampa o Rossi. Malicioso, luchador infatigable para compensar su predisposición al anonimato, era el contrapunto miserable al lado de las maggiorattas , supermujeres como Sofía Loren que fue su pareja imposible en Dos noches con Cleopatra . Películas como La Gran Guerra de Monicelli, Todos a casa de Comencini, Vida difícil de Dino Risi o El especulador de De Sica le convierten en el número uno del público. En los sesentas y setentas, Sordi comienza a dirigir o, dicho con más propiedad, a dirigirse. De su nueva faceta, junto a Amor mío ayúdame, El gran amante o Tres parejas, destaca Vicios de verano una típica película italiana en sketches . El episodio dirigido por Sordi sobresale como su obra maestra: una pequeña joya de la comedia italiana. Es una corrosiva visión del arte contemporáneo y del snobismo en general. Sordi tiene un puesto en la plaza, pero sus hijos universitarios quieren transformarlo: pasa hambre para adelgazar y hace un viaje cultural que incluye un divertidísimo concierto de cámara y un paseo por la bienal de Venecia con impagables comentarios destructivos del frutero. Su ministro especulador de El gran atasco o sus personajes de ¡Que viva Italia! o Un burgués pequeño, muy pequeño son los nuevos monstruos de una Italia tecnócrata, pícara y bárbara en los que Sordi encuentra la continuación natural de sus primeros hombres anónimos. A su muerte, deja una larguísima filmografía de más de 130 películas. No se puede negar que ya es polvo de estrellas.