YA ESTÁ: confirmando las previsiones de los días precedentes, el Reino Unido presentó ayer en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas un borrador de segunda resolución copatrocinada por los Estados Unidos y España: Irak está en «violación patente» de la anterior resolución sobre este país, la 1441, ha perdido su «última oportunidad» y debe hacer frente, pues, a las «serias consecuencias»previstas allí, el eufemismo para autorizar el uso de las armas. Sólo unas horas antes, los gobiernos francés y alemán hacían saber que no era necesario tal proyecto, París anunciaba el envío de un memorándum con objetivos y plazos concretos para los inspectores y el presidente Chirac y el canciller Schröder cenaban en Berlín. Colin Powell, por su parte, no parecía haber logrado arrancar en Pekín apoyo a la versión dura de su Gobierno y la agencia china de noticias repetía, impertérrita, que la crisis debe tener una solución política... Las cosas, pues, volvían donde estaban hace diez días: a un Consejo de Seguridad tan dividido como entonces. Washington ha optado, tras vacilar, por presentar una segunda resolución con la esperanza, tal vez no muy fundada, de obtener luz verde de Naciones Unidas, pero tras hacer saber -Bush lo repitió ayer- que si el Consejo de Seguridad de la ONU no funciona, los Estados Unidos encabezarán una coalición para desarmar a Irak «de una manera o de otra». La falta de sorpresa, sin embargo, no ha quitado dramatismo al momento, que equivale al principio de una cuenta atrás que -esta vez sí- parece llevar ineluctablemente a la guerra. Hay que añadir, además, que el portavoz presidencial norteamericano, Ari Fleischer, no negó que la resolución busca no sólo el desarme, sino el cambio de régimen en Bagdad, algo que formalmente nunca ha sido mencionado en los documentos de la ONU. Con las cartas sobre la mesa y la voluntad anglo-americana de proceder con o sin aval del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo único que queda por ponderar en las tres semanas que se anuncian decisivas es el grado de influencia que sobre el gobierno Bush puedan tener los informes de los inspectores (que podrían ser neutros o muy escorados en un sentido u otro) y, más aún, el grado de respuesta de la opinión en las manifestaciones convocadas para el sábado. Una opinión extendida indica que sólo una fuerte resistencia en casa podría cambiar ahora la decisión tomada por el presidente Bush.