Por qué salimos a la calle

OPINIÓN

SI HACEMOS CASO a la encuesta de Sondaxe, el primer aviso lo darán los municipios, dos años antes de que las elecciones autonómicas puedan colocar al PP en la oposición. Si hacemos caso a la calle y a la gente que la ocupa, Nunca Máis consolida su prestigio y su capacidad de convocatoria, mientras la Xunta tiene que usar la policía y los juzgados para protegerse de los abucheos. Y si me hacen caso a mí, que lo digo a diario, sabrán que esto no marcha, y que el PP se ha quedado sin ideas. Pero también se puede optar por no hacerle caso a nadie, con la seguridad suicida de que «aínda nunca choveu que non escampara». No se da cuenta de que los ciudadanos cambiamos de criterio con frecuencia, y no es nada extraño que acabemos diciendo «no» donde antes dijimos «sí». A veces lo hacemos porque maduramos y vemos razones que antes estaban ocultas. Pero también hay veces en las que nuestras opiniones reflejan modificaciones circunstanciales, o en las que nos dejamos guiar por una alternativa que despierta nuestras simpatías. Y en tales casos, cuando somos muchos los afectados, queremos que los gobernantes nos escuchen y tomen sus decisiones en consecuencia, porque si las elecciones fuesen un contrato fijo para cuatro años, la diferencia entre la democracia y la autocracia sería irrelevante. Claro que este ir y venir de la opinión en modo alguno altera las reglas de juego, y por eso seguimos cumpliendo nuestras obligaciones y reconociendo la legitimidad de los que nos gobiernan. Pero es ahí, en ese debate constante, donde radica la grandeza y la eficacia de la democracia, que, sobre el hecho de garantizarnos la libertad y la dignidad personal, tiene la ventaja de activar todos los elementos del sistema político y comprometerlos con el bien común. Por eso salimos a la calle a manifestar nuestras ideas, y por eso hay momentos en los que se generaliza la extraña sensación de que el poder democrático está en abierta confrontación con la misma ciudadanía que lo votó. Así empieza a suceder con las frecuentes manifestaciones derivadas de la huelga general, del Prestige o de la guerra de Irak. Porque la gente está convencida de que el Gobierno, encerrado en su torres, no quiere escuchar a nadie, y que ve como enemigos a todos los que construyen y expresan preferencias de gobierno. Por eso creo que los manifestantes están entrando en una nueva fase, y que, conscientes del nulo caso que les hacen, apuntan ahora hacia una malleira electoral ejemplarizante. Lo dice Sondaxe con sus números. Lo digo yo con mis letras. Y lo dicen las calles con sus enormes multitudes. Aunque en el rancho de George Bush no se oigan estos ecos.