LA GRANDEZA la puso Dominique de Villepin, que, con un estilo impecable y una convicción sin fisuras, dejó claro que la vieja Europa es la mejor esperanza para el futuro del mundo. El ridículo lo puso Ana Palacio, que con un estilo penoso y una confusión cósmica, se limitó a cumplir las órdenes de Bush con la fruición de un buitre que ya huele la muerte en las tierras de Irak. La diferencia entre ambos discursos hay que buscarla en que, mientras Villepin analizó los informes de Hans Blix y El-Baradei con una mentalidad abierta a la verdad y a la paz, la señora Palacio optó por recrearse en las triquiñuelas que pueden ayudarle a justificar la masacre que prepara su patrón en defensa de los intereses económicos y militares de América del Norte. Y así se entiende que muchos españoles nos sintiésemos representados por la soberbia y vieja Europa de Villepin y Fisher, y por una diplomacia de tradición secular y brillante, mientras aborrecíamos las simplezas de una ministra que, perdida en un océano de dudas, daba la impresión de representar a un país sin historia y sin una tradición diplomática entre las primeras del mundo. Aunque Hans Blix jugó en área tibia, bajo la fuerte presión de las bravatas de Bush, el informe de los inspectores dejó meridianamente claro que no hay ningún hecho, ni ninguna previsión, que justifique la guerra. Y por eso a Colin Powell se le puso cara de enfado cuando escuchaba las exigencias de Igor Ivanov -«deberíamos dejarnos guiar por los hechos»-, o cuando la vieja China decía que las inspecciones deben continuar. Visto lo cual, y a pesar de jugar en el campo que ellos mismos eligieron, a la coalición de los halcones ya no le queda más remedio que hacer la guerra porque sí, porque les da la gana y porque tienen el «ejército más poderoso del mundo» bajo las órdenes de un vaquero provocador al que le gusta vestir cazadora militar para pasar revista a las tropas expedicionarias. Muchos países del mundo, y la práctica totalidad de los ciudadanos que pueden expresarse con libertad, estamos contra la guerra, y creemos sinceramente en las palabras de Villepin: que esta guerra prepara el camino para otras guerras; que en este momento no está justificado el uso de la fuerza; que la construcción de la paz que se hace después de la guerra es infinitamente más larga que la que se puede lograr con las inspecciones, y que ninguna de estas afirmaciones implica el más mínimo apoyo al tirano Sadam Huseín. Por eso le invito a echarse a la calle, con toda su familia, para detener esta obscena guerra que nos están preparando. Porque sólo así librará a su conciencia de la cruel e inútil matanza que van a perpetrar.