CUANDO hace meses el presidente Bush proclamaba en la academia militar de West Point que EE. UU. era «el único modelo de progreso humano que sobrevive», no dejaba lugar a dudas sobre su creencia -y la de los nuevos dirigentes de Washington- en que la hegemonía y la dominación estadounidense de la sociedad internacional es la conclusión natural de la historia. Proclamando la superioridad de sus valores, en una actitud más cercana al fundamentalismo religioso que a la vocación universalista de los valores laicos de la Ilustración, EE. UU. ha decidido convertir lo que ha sido su liderazgo, flexible y consensuado, en una hegemonía de hecho, con el único fin de moldear el futuro del planeta en función de sus exclusivos intereses. Las fuerzas unilateralistas y autoritarias que hoy dirigen la sociedad norteamericana persiguen establecer un nuevo sistema internacional subordinado a EE. UU. mediantae alianzas militares y asociaciones comerciales y financieras que funcionen según los intereses y normas estadounidenses. Pero conscientes que un nuevo orden mundial basado en semenjante voluntad de dominación sólo puede imponerse por la fuerza, EE. UU. está dispuesto a utilizar todo su inmenso poder militar -sin precedentes en la historia de la humanidad- sin tener en cuenta los límites y restricciones que impone el derecho internacional, al que consideran sobrepasado y obsoleto. Es en este contexto, y no en otro, en el que hay que situar la masacre que Washington y sus acólitos preparan en Irak. Ni los vínculo de Bagdad con el terrorismo -nunca demostrados- ni el incumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad, mucho menos el establecimiento de la democracia en aquel país son los motivos de la guerra que Bush se apresta a desencadenar en Irak. En efecto, cuando Condolezza Rice afirma que la intervención en Irak es inevitable, aunque desaparezca Sadam Huseín no deja lugar a equívocos sobre las intenciones que animan al gobierno norteamericano ni sobre sus objetivos. Estos consisten basicamente en conseguir posiciones estratégicas en Oriente Próximo y adquirir el control directo de los recursos petrolíferos de Irak, lo que equivale a decir sobre el mercado mundial de crudo. No puede extrañar, pues, que muchos países se pregunten por qué han de participar en una guerra injusta e inmoral que, además, les debilita y subordina todavía más a a EE. UU. Es el caso de Francia y Alemania, que aspiran a que la Unión Europea llegue a ser una potencia autónoma en la política mundial, y no un simple poder subordinado a Washington. Por el contrario, lo que resulta incomprensible es la acitud del gobierno español que, contraviniendo nuestros intereses nacionales, ha optado por asumir acrítica y sumisamente la posición del gobierno norteamericano. En cualquier caso, no es probable que la relación trasatlántica de Europa, tal como hoy la conocemos, sobreviva a la actual estrategia estadounidense y, por tanto, en las próximas elecciones generales España tendrá que decidir si se limita a ser un miembro irrelevante de la comunidad internacional, a la sombra de Washington, o si aspira a ser, junto a Francia y Alemania, un país decisivo en la construcción de una auténtica unión política europea. Estoy convencido de que el pueblo español, muy mayoritariamente, elegirá la segunda opción. Esto no ha hecho más que empezar.