NO HAN PASADO 72 horas del asesinato de Joseba Pagazaurtundua, y el gran timonel del nacionalismo no ha perdido ocasión de echar bilis sobre su cadáver y sus ideas. Cuando José Luís Rodríguez Zapatero pone las cosas en su sitio y dice que no hay problema político, sólo muerte sobre muerte; cuando ¡Basta Ya! pone en pie una mínima parte del cabreo realmente existente, va nuestro particular pitecantropo y, en tono matón y tabernario, le dice a Zapatero que se arrepentirá por lo dicho, y guarda para el colectivo ciudadano una impostada indiferencia que no se cree ni él. Ni una palabra de apoyo, ni un gesto de calor, ni una brizna de humanidad para un hombre asesinado por el terrorismo nacionalista, que pertenecía al socialismo y era de ¡Basta Ya!. Todo esto ocurre después de que el mismo líder del partido guía anunciara el máximo apoyo moral para Etasuna y calificara de barbaridad del siglo la eventual ilegalización de este partido. Por si fuera poco, desde el nacionalismo se nos dice que el cambio de alcalde en los 17 municipios vascos en los que ETA tiene la alcaldía gracias al apoyo del PNV-EA no es conveniente porque crisparía la situación. No sé, ¿cabe más crispación que la muerte? ¿cabe más crispación que un país en el que la oposición, los profesores, los estudiantes, los comerciantes, las amas de casa, un jardinero, los periodistas, llevan permanentemente escolta? ¿Alguien se imagina las dimensiones del debate si en París, por culpa de Le Pen o en Munich, por culpa de los neonazis, socialistas y democratacristianos tuvieran que llevar escolta? El caso es que aquí la dictadura se ha tornado paisaje. Y, lo que es peor, los que la sufren son mirados con recelo en muchos casos, tanto dentro, como fuera del País Vasco. Cuando salíamos del histórico pleno de Andoain donde los concejales terroristas y chivatos tuvieron que huir por la puerta de atrás con la cara desencajada, después de ser abucheados por las víctimas, nos encontramos con dos mujeres -traje de chaqueta, vestidas como de domingo-, que se había acercado a fisgar. Nada más toparse con nosotros nos espetaron: «Ves, si son españoles, no son vascos». Esta hinchazón de odio, este afán por presentarse como víctima incluso en los funerales de los otros, este pasar la mano por el lomo de los asesinos, ese auparles a las alcaldías, esta práctica repugnante del nacionalismo nos lleva a la fractura civil, nos hunde en el abismo de la dictadura y demuestra hasta la náusea que sólo nos quieren muertos. Un minuto después de firmar el Pacto de Estella, el PNV se abrazó a la bestia, a la bestia que ha asesinado a Joseba Pagazurtundua, y ahí sigue. Ibarretxe está en su deliro por la independencia y no va a hacer nada efectivo contra ETA, sobre todo porque la necesita para su proyecto, en el que le sobran socialistas y populares.