COMIENZA a ser preocupante la galopante involución democrática que estamos padeciendo en todos los órdenes. Frente a una clase dirigente que no admite reproche alguno, ni siquiera de la leal oposición que se sienta en los bancos del Parlamento, se mueven grupos que han hecho del insulto y de la violencia -en ocasiones más allá de las palabras- sus herramientas de discusión y disuasión del rival político. Ayer Mariano Rajoy, en Lugo, sufrió el acoso de un grupo de intolerantes que en los últimos tiempos se ha fijado como meta boicotear cualquier presencia del Gobierno central en Galicia. Se equivocan. Ellos y quienes los alientan. Ese permanente quebranto de la convivencia se va a volver contra todos, pero de momento nos repugna a quienes creemos que, aún no estando de acuerdo con él, Rajoy posee su más que legítimo y legal derecho a moverse libremente por donde quiera. Es cierto que la intolerancia a las críticas ha crecido. Tanto en el seno del Gobierno de Aznar, que retuerce cualquier voz disidente, como entre quienes creen poder medrar entre gritos y violencia.