ACABO DE VER el debate del Congreso. Estuvo bien. Serio, no muy demagógico, con un reflejo -incluso exagerado- de la España que luce los carteles de «no a la guerra». Lo que ocurre es que tantos discursos no han servido para cambiar nada. Como no había consenso previo, todos los oradores han mantenido sus posiciones y lo que estaba en el guión. Y, como no hubo nadie ajeno al PP que le diera la razón al presidente, sospecho que los actores de la tribuna de invitados han disfrutado. Incluso antes de montar su numerito . Aquello parecía una prolongación de la gala de los premios Goya, pero con poesía: con los versos que leyó José Antonio Labordeta. El caso es que a este cronista, que es un ingenuo, la intervención de Aznar le pareció buena. Tardía, pero buena. Si el presidente considera ciertos los datos que ofreció de ántrax, misiles o agentes químicos, es coherente: hay que estar con Estados Unidos. Si, además, España está amenazada por el terrorismo que ampara o promueve Sadam Huseín, es lógico: España debe participar en la coalición. Y si Sadam se burla de las instituciones internacionales y oculta armamento contra el mundo libre, hay que desarmarlo. Naturalmente, por la fuerza. Pero, ay, los demás líderes no creen los datos. Los más benévolos, como Rodríguez Zapatero, sólo ven una guerra preventiva. Los próximos, como Trías, consideran que un conflicto bélico sólo puede ser la última solución. Los más irredentos, como Gaspar Llamazares, contemplan una guerra «injusta e inmoral». Los más lejanos, como Anasagasti, «no creemos absolutamente nada». Y así, entre todos, tejieron un vestido para el Gobierno que se llama soledad. Este Pleno no ha cambiado las posiciones, pero ha servido para dar un certificado: el de la soledad de Aznar. Por primera vez no ha encontrado un alma caritativa de fuera de su partido que le haya dado la razón. Lo cual, en asuntos de guerra, no significa que no la tenga.