POR EL COLOR de su piel, o por los rasgos de su cara, nadie sospecharía que Colin Powell es oriundo de Galicia. Papeles que lo prueben tampoco los hay. Y, visto el buen inglés que se gasta, no creo que tenga el Sempre en Galiza como libro de cabecera. Pero nadie puede dudar de que el discurso que pronunció ayer ante el Consejo de Seguridad tiene la tópica ambigüedad de los hijos de Breogán, y que sólo un gallego puede hablar durante una hora sin que nadie acierte a decir si es el hombre más serio de la Administración americana o un agradable cantamañanas que sólo actúa como la voz de su amo. Muy lejos de esa ambigüedad, la CNN subtituló la sesión del Consejo de Seguridad con el sugestivo título de Proceso contra Irak , y por eso me permito calibrar las pruebas presentadas por la Casa Blanca como un milagro de la literatura forense, capaces de demostrar cualquier cosa y la contraria. Sólo así se explica que todos los que estaban a favor de la guerra -Blair, Aznar y Berlusconi, y Estonia, Letonia y Lituania- hayan quedado absolutamente convencidos de que Irak es un peligro inminente para la libertad del mundo, mientras que todos los que dudaban de esa amenaza, tengan la evidencia de que Bush juega de farol, y que sólo quiere calentar el ambiente de un conflicto colonial que ya tiene fecha y hora. Por eso hay que decir que la impresión que transmitía la sesión del Consejo de Seguridad, comparable a la que Aznar protagonizaba en el Congreso de los Diputados, es de asco y desvergüenza, ya que sólo así se puede calificar una política que, sin tener en cuenta la sangre, ni el inmenso castigo que venimos infringiendo al siempre tiranizado pueblo iraquí, nos dediquemos a hacer juegos de palabras, a confundir a la opinión pública, y a reducir toda la política internacional a un echorizado de simplezas y vaguedades orientadas a convencernos de que unos laboratorios ambulantes, montados en camiones como los que hacen de palco a la orquesta Los Satélites, amenazan a un mundo que hace sus guerras desde inmensos portaviones, desde bases militares más grandes que la provincia de Pontevedra, y con misiles intercontinentales que tienen el tamaño de la torre Berenguela. También hay que decir, con cierta esperanza, que la oposición española, con Zapatero y Llamazares, estuvo a gran altura, y que el presidente Chirac, con toda la sorna del mundo, aguantó impasible el acoso de Tony Blair. Pero ayer se hizo evidente que estamos sometidos a pura propaganda de guerra, y que la verdad es la moneda que menos cotiza en las bolsas de Occidente. Porque el discurso de Colin Powell no quiso demostrar nada. Sólo quiso marcar el punto de no retorno.