Adulteración democrática

TEODORO GONZÁLEZ BALLESTEROS

OPINIÓN

FUE EN la primavera del 65. En el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, hoy Complutense, homenajeábamos a la Generación del 27 en la persona de Dámaso Alonso, quien pretendía aplacar nuestra sed de libertad leyéndonos poemas de Los hijos de la ira . El acto poético terminó con el acuerdo, tomado por votación unánime, de pedir la dimisión de Franco como Jefe del Estado. Fuera del aula nos esperaban los grises , encargados de velar por nuestra formación moral e intelectual. Y aun más afuera, en el campus, la caballería dictaba clases de silencio. No había democracia, ni Parlamento, ni libertad de expresión, y teníamos que engañar a los represores jugándonos nuestra propia libertad. Fue el pasado sábado, en el Palacio de Congresos de Madrid. Se celebraba la entrega de los Goya cinematográficos, y el acto sirvió para ridiculizar al presidente del Gobierno español y a su ejecutivo, por su apoyo al Gobierno norteamericano en la previsible guerra contra Irak. Eso sí, el alquiler del pabellón lo había pagado el Ayuntamiento, con dinero público; las películas presentadas estaban subvencionadas con dinero público; y la organización se financiaba con dinero público. Supongo que la fiesta posterior, también la pagamos todos. Si lo que vimos el sábado es la máxima expresión del ingenio de nuestros cinematógrafos , se comprende que el pasado año la industria perdiera casi ocho millones de espectadores. Han pasado tantos años que la historia empieza a ser una memoria vergonzante. Repugna ver a tanto progre amamantado por la teta del Estado, quejándose de su propia incapacidad, haciendo gala de su ignorancia y mostrando su profunda incultura. Sacar del armario, a estas alturas, los viejos métodos estalinistas únicamente puede ser consecuencia de un absoluto desconocimiento de la realidad, o de un desprecio consciente al sistema de convivencia democrática. Muchos estamos contra una guerra de espuria justificación, que sembrará de muertos un país, pero no por ello abjuramos del régimen democrático. La libertad de expresión no puede limitarse, pues se perdería. Pero funcionamos con una reglas que deben ser respetadas. A nadie debe sorprender que en el Parlamento aparezcan veintinueve personas, del cine o palafreneros, para expresar lo que piensan. Lo sospechoso es que en el convento, el toque de maitines sea música de salsa.