La lógica de un desencuentro

OPINIÓN

TODOS LOS sondeos de opinión revelan que una gran mayoría de europeos estamos en contra de la guerra, y que en esa negativa, racional y largamente sostenida, nos encontramos también los ciudadanos gobernados por Blair, Aznar y Berlusconi. De estos sondeos no se desprende, en cambio, que seamos estrictamente pacifistas, o que queramos echarnos en brazos de un desarme idílico, sino que estamos convencidos de que el problema de Irak tiene soluciones alternativas, que no se puede seguir la política de crear y eliminar tiranos al ritmo que marcan las bolsas de valores, y que Europa no puede relacionarse con su entorno desde este brutal maniqueísmo que, al modo de las películas de vaqueros, divide el mundo en buenos y malos. Muchos ciudadanos que aborrecemos el militarismo y el imperialismo, defenderíamos ahora la autonomía militar de la Unión Europea y la creación de una política común de exteriores y defensa, con la plena seguridad de que el pluralismo efectivo de los núcleos de decisión política y económica es una condición necesaria para la existencia de una política global orientada a la justicia y la paz. Por eso resulta tan extraño que nuestros dirigentes actúen como halcones de complemento del ejército americano, y que, en lugar de apostar por una línea europeista y pacifista, hayan optado por la guerra, sin temor alguno a que les pasemos la factura electoral correspondiente. La explicación de esta paradoja es que, lejos de hablarnos de la guerra y sus causas, y de los acentos imperialistas surgidos del 11-S, nuestros dirigentes sólo hablan de la posguerra, de dónde conviene estar cuando los aviones aterricen, y del papel que vamos a desempeñar en la reordenación del caos que vamos a crear. Y así consiguen que, obviada la cruel realidad de la guerra, y dando por supuesto que estamos ante un conflicto que la decisión de Bush convierte en inexorable, muchos ciudadanos se sientan obligados a reconocer que el día después de la caída de Bagdad va a ser mucho más cómodo para los belicistas empedernidos que para los amigos de la paz. Por eso hay que repetir mil veces que esta guerra no tiene nada que ver con la defensa de la libertad ni con la liberación del pueblo de Irak; que todo el horizonte de esta contienda está radicalmente viciado por sus objetivos económicos y estratégicos, y que el mundo será peor y más peligroso desde el día después. Aunque nada de eso debe inquietar a los que hacen de la guerra su negocio y su razón, entre los que habremos de incluir a todos los pueblos libres que no sean capaces de eliminar con sus votos las políticas imperialistas que rechazan en su cabeza y aborrecen en su corazón.