La afluencia turística

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

01 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS ENCARGADOS de la confección de la agenda del presidente debieran ser más realistas y no pedir lo imposible. A sus ochenta años don Manuel se ha convertido en un adulto tipo, que debe trabajar, dormir y descansar en equilibradas terceras partes del día, como cualquier mortal. Programen su actividad como si lo hicieran para ellos mismos. Y punto. Además, la sobrecarga de la Feria del Turismo en Madrid semeja completamente innecesaria. Los turistas vendrán en masa a Galicia. El sondeo del CIS acredita que no nos han olvidado. Que de forma espontánea, sin casillero previo en la encuesta, hayan incluido al Prestige como el tercer gran problema del país, indica que nos tienen presentes y no nos van a postergar fácilmente. La gente es solidaria e inteligente, vendrán por nosotros y también por ellos mismos. Nos quieren como anfitriones y amigos, y les gusta compartir nuestra mesa y paisaje. El medio depende de la naturaleza y de que no lo estropeemos con la especulación. Pero la mesa ya es competencia de nuestros hosteleros. A éstos corresponde dar el do de pecho. Mi amigo Raúl dice que no le gusta la deriva que están tomando la nueva cocina gallega. La considera muy creativa en cuanto a denominación de platos pero magra en cantidad y contenidos. Sostiene una curiosa teoría económica de la hostelería posmoderna. Dice que el tamaño del plato es directamente proporcional a la longitud del nombre de lo servido, inversamente proporcional a su cantidad y todo ello vinculado exponencialmente a su precio. En román paladino, platos grandes, nombres raros y pedantes, poca cantidad y sobre todo mucho precio. En definitiva, que lo que se paga es la distinción del lugar y el ingenio lingüístico del titular, más que la comida como tal. Eso funciona entre las élites a las que les gusta sentirse exclusivas pero no para las grandes masas de turistas. Los idiotas del sector dicen que hay que atraer un turismo de calidad, los armadores del Prestige, por ejemplo, aquellos que tienen mucho dinero y gastan sin medida, como los jeques árabes. Pero esos no son rentables a largo plazo. Además de importarse de París las chicas de compañía, dan mala imagen a las zonas de destino, son un pésimo ejemplo para nuestros jóvenes y corrompen la moral laboral de los menesterosos. Pero el pueblo de Madrid, los extremeños, leoneses, aragoneses, los mayores andaluces y los castellanos, así como los jóvenes populares y las corrientes jubilares de Europa, son la sal de nuestro turismo. Buena gente a la que le gusta la comida con calor humano. Y nada más relacional que un buen plato que se corresponda con su nombre universal. Cuya diferenciación se debe a la forma y cariño con que haya sido elaborado por la cocina de la casa. La hostelería gallega debería hacer su apuesta de calidad por el acompañamiento del nombre o apellido de su preparador. A precios de gente inteligente. Y en hostelería lo inteligente es conseguir que el que vino por azar retorne por voluntad. El satisfecho se convierte en un propagandista del boca a boca, la mejor publicidad. Ese capital de proximidad en la mesa, la red informal que se establece entre los cocineros y camareros con sus clientes, es la verdadera riqueza económica, social de la hostelería gallega y de Galicia entera. Y esa no la puede contaminar el Prestige.