DÍAS ATRÁS, en estas páginas se publicaba un comentario, en el que se definía al vicepresidente del Gobierno, don Mariano Rajoy, como gallego , así, en cursiva, que es lo mismo que ponerle comillas o decirlo con reticencia, como si el mencionado señor Rajoy tuviera un origen dudoso como gallego... gallego, con su lugar de nacimiento correcto, su inconfundible acento e incluso con su retranca tan característica. Esta reflexión no pretende enmendar las opiniones de otros colaboradores en esta tribuna independiente y respetuosa con la libertad de expresión, como lo demuestra día a día. Tampoco defender al señor vicepresidente por las posibles responsabilidades del Gobierno en la catástrofe del Prestige y sus tremendas consecuencias. Ese es otro problema y, en cualquier caso, es su problema. Ahora bien, no parece serio poner en duda la condición de gallego del señor Rajoy, porque al comentarista en cuestión no le guste lo que dice o hace como responsable del Gobierno, que le ha endilgado la difícil papeleta de dar la cara en esta marea de despropósitos, por ser vicepresidente del Gobierno y también por su condición de gallego. Vaya por delante una perogrullada. Un individuo es gallego -o de cualquier otra parte- si reúne las condiciones necesarias para que se le inscriba en el Registro Civil como tal. Esa credencial le acompañará de por vida, esté donde esté y aunque haya adquirido otra nacionalidad. Un gallego puede vivir en cualquier parte de Galicia, en Madrid, Barcelona, Buenos Aires (allí se les llama gallegos -ahora sí, en cursivas- a los emigrantes españoles), incluso en Melbourne, donde, sin duda, hay gallegos. Precisamente la grandeza de Galicia es su importante diáspora, que se ha adaptado a todas las condiciones, a todos los climas, con el tesón y el espíritu emprendedor y de sacrificio que le caracteriza. Galicia es una denominación de origen de rango universal. Se puede afirmar que los gallegos inventaron hace más de un siglo la globalización efectiva. La emigración gallega ha ensanchado las fronteras de su tierra sin renunciar nunca a sus orígenes. La defensa de esa legitimidad es, precisamente, su pasaporte para el siempre anhelado retorno. Poner en duda la condición natural de cualquier persona y condenarlo al destierro de manera arbitraria, por cuestiones ideológicas, es un peligroso recurso de gentes emmpeñadas en soluciones batasunas que, como está tristemente demostrado, degeneran en conflictos de convivencia y en pérdida de libertad. En un estado de derecho, el individuo más detestable puede ser apartado de la sociedad, pero nunca perderá sus señas de identidad. Ni siquiera en las más represivas dictaduras, un individuo puede ser despojado de su credencial consustancial, a menos que, como hizo Hitler, se decidiera el exterminio de una raza. Dice John dos Passos: «Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre». Este comentario no pretende desacreditar a nadie ni mucho menos contribuir a la crispación política que ha desatado la catástrofe del Prestige en una Galicia legítimamente cabreada porque siempre le toca la negra. Sin embargo, Galicia es tolerante, hospitalaria y generosa, en la que, como decía un afortunado eslogan, nadie es forastero. Si es cierto -que lo es- este eslogan, ¿cómo se entiende que a alguien se le ocurra poner en duda la condición de gallego de un gallego?