Primavera, ¿dónde estás?

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

24 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

VIAJAR en autobús por esta ciudad soleada es como aventurarse a través de una selva que empieza a despegar las fauces. Los jubilados son legión y están que muerden. Por encima del hombro de un adolescente, recojo retazos de periódico. Los retazos me bastan. Leo que han encontrado al pobre Dónovan, leo que en Barcelona matan a mujeres en los aparcamientos, leo que Aznar barniza de subvenciones a Galicia. La verdad es que la primavera anda por ahí fuera. Me quedo colgada de la luz de las ventanillas sucias. Pienso que la vida está en la calle, en los exámenes de Lengua de este chaval que está a mi lado, en el cáncer de mi vecina de asiento que habla por los codos y dice que está estupenda (y ya llega otra primavera) y en los planes domésticos de esa ama de casa que vuelve de la compra (bacalao al pilpil para hoy y cocido mañana). La semana discurre como un trailer, es imposible detenerla y quedarse con un atisbo de día o de minuto: a Pérez Reverte lo han hecho académico y, mientras Francia y Alemania se escapan del abrazo mortífero de Bush, nosotros -los tontos- nos quedamos al lado de Blair, de Berlusconi. Cuando sale el sol así en esta ciudad que se despierta del invierno y que nos pone a todas de falda y de gorrito, la política y el mundo entero dan igual, lo único que importa realmente es respirar y soñar con el verano, ojear las revistas de moda y decidir qué barra de labios rosa nos conviene. ¿Qué sería de nosotros sin un poco de frivolidad y de cerveza? ¿Aguantaríamos estas falsas primaveras que asoman la cándida patita bajo la puerta? Lo dudo. El hombre es el único animal que necesita soñar para no morir de melancolía. Soñemos pues. Mientras mi vecina Juani y yo misma soñamos con comprarnos un bolso y lloramos porque ya se ha acabado Gran Hermano , el resto del mundo sueña con loterías, vacaciones y niños nuevos, coches descapotables y largas amistades. Trato de descender del autobús mientras los pensionistas madrileños me jalean: «¿Otra más que baja aquí? Hay que acercarse a la puerta antes, rica. No te jode». Pero yo continúo impávida, sin mirar atrás. Me esperan en el callejón del Gato para tomar una de bravas.