Sartre y yo

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

23 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA LIBRERÍA anima a la lectura con textos sobre el goce de leer. Echo de menos uno que le solfee las costillas a la falacia de que una imagen vale más que mil palabras. Echo de más un extracto de Les mots de Sartre que no sólo no me anima a leer, sino que, fuera de su contexto, parece un manifiesto del Repelente Niño Vicente para ratas de biblioteca. Sartre nos dice «nunca he arañado la tierra, ni buscado nidos, no he hecho herbarios, ni tirado piedras a los pájaros, pero los libros fueron mis pájaros, mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo». Y de ahí deduzco que con Jean Paul Sartre apenas vengo a coincidir en el Jean / Juan inicial, que vienen a ser lo mismo y con menos distancia que la que hay entre fromage y queso por el capricho francés de no llamar a las cosas por su nombre. Porque yo sí arañé la tierra, me puse de barro hasta las cejas, metí ambos pies hasta el tobillo en los más selectos charcos del Patrimonio Pluvial de la Humanidad que es Santiago; busqué nidos y cacé pájaros con visgo y me riñó mi abuela por pescarle las gallinas con miñoca ; cacé culebras y murciélagos, visité en pelota picada todas las pozas de Sar y Sarela y, para no ahogarme, no tuve más remedio que aprender a nadar; fui rillote en la robleda de Santa Susana contra otras pandillas de rillotes de O Pombal y de A Rapa da Folla. En O Pedroso, en el bosque de la Condesa, etcétera, hice alpinismo que a punto estuvo de ahorcar al voluntario entusiasta e hice mil fantasías más en las que, por cierto, nunca alcancé las perfecciones sublimes a que llegaron un par de hermanos míos y algunos amigos. Bajé en bici hasta Cesures para bañarme en el Ulla aprovechando que desde O Milladoiro es cuesta abajo y dice bien Aristóteles que cuesta abajo hasta la mierda corre; y para evitar la cuesta arriba con la bici ¡como pesaba la cabrita! regresé por ruta de temeridad evidente: el sendero pegado a la vía del tren y que incluía meterse en los túneles de Conxo y O Faramello. Y tuve tiempo para acabar con Verne, con Salgari, con Lagerloff, con unas magníficas ediciones infantiles de Homero, Poe, Cervantes, Virgilio... y digo magníficas porque fueron incitación a palabras mayores. Y Cunqueiro, Zweig, Pardo Bazán, Cela, Galdós y mil nombres más están en mi catálogo de niño lector y supe de Marco y de la abeja Maya mucho antes de que los masacrase la caja tonta. En fin, Sartre en su caverna platónica de libros y ajeno a las ocupaciones normales del niño normal me recuerda a san Cartapacio de Capadocia, que dio sus primeras pruebas de virtud y santidad negándose a mamar en los viernes de vigilia. Mientras Sartre hacía teatro con Las moscas , yo hacía vida con las truchas.