FALTAN ALGO MÁS de cuatro meses para que la democracia se santifique en las urnas, y la clase política, la oficial y la aspirante, ha comenzado adelantando la temporada de promesas a la búsqueda del voto ajeno, porque el propio se supone que lo tienen, aunque para certificarlo habrá que esperar al día siguiente, dados los avatares porque atraviesa el paisanaje. El partido gubernamental, acosado básicamente por el chapapote reinante y el embrollado desgobierno de los últimos meses, se ha lanzado a ocupar los medios de comunicación como si de tapar grietas del Prestige se tratara. Los populares, desde el BOE, se centran en la seguridad y en los impuestos. Más de lo primero y menos de lo segundo. Los socialistas, desde la oposición y abrazados a la esperanza, derechos sociales en vena y empleo público en píldoras. Es decir, cada cual en su sitio y florituras, ni las necesarias. Y silencio, mucho silencio, sobre la regeneración democrática que tanto necesita este país. Abusando de nuestra temporal indefensión, se nos anuncia modificar el Código Penal para incluir nuevas medidas de seguridad y el aumento de las penas para quienes ensombrezcan nuestra tranquilidad, sobre todo si son inmigrantes. Y como decisión estrella, más cárceles. Poca imaginación y nulo sentido de la realidad. Nada de medidas preventivas ni de reinserción social. También se nos oferta el que pagaremos menos impuestos, lo que es muy de agradecer, aunque nadie nos diga si se tiene previsto reducir el gasto público, ya que puede resultar que continuemos pagando lo mismo, y los mismos, por otras vías. Pero volviendo al asunto, el mal llamado sistema de democracia mediática audiovisual que nos invade, carente de principios, plano en valores y vacío de normas, debe hacer pensar a los gobernantes que la mejor forma de olvidar el desgobierno es a fuerza de promesas, tal vez para después hacernos olvidar las promesas a fuerza de retórica. Lo único que realmente tenemos garantizado para los ciento veintidós días que restan hasta el 25 de mayo, son loas y alabanzas propias y descalificaciones para ajenos, adversarios y circunstanciales, a modo de película de sesión continua y permanente, que tiene fecha de caducidad y que se destruye y regenera con el paso de las horas. El exceso de mensajes, ya sean de opinión o informativos, cuando no son una necesidad sino una imposición, provocan el efecto contrario al deseado, es decir el rechazo subliminal. Los ciudadanos estamos acostumbrados a este ritual, a veces confuso y las más protocolario, y lo aceptamos como instrumento necesario en la convivencia política que nos hemos dado, pero en tiempo y a su tiempo, medido y bajo determinadas circunstancias, y sobre todo sin que se menosprecie nuestra inteligencia. Aunque los políticos obtusos lo ignoren, esta no es la mejor forma de limpiar el chapapote de las encuestas sobre intención de voto.