JOSÉ MARÍA AZNAR se ha decidido, al fin, a afrontar una nueva remodelación del Gobierno. La del de Galicia que, por lo visto, también es suyo. La destitución de Xosé Cuiña lleva el marchamo de la Moncloa. Una decisión que hay que agradecer, agobiado como está por la inflación, el paro, la delincuencia, su propia sucesión, la gestión del Prestige, la lealtad a George W. Bush y, sobre todo, por los dineros de Nunca Máis. Demasiadas preocupaciones. Aznar se ha decidido a intervenir en Galicia y lo ha hecho por sorpresa. Con un golpe de efecto. Insignificante resulta ya saber quién se ocupará de subvencionar la cría de chinchillas, o de pagar los trofeos para los torneos de brisca. Insustancial será saber quién va a ser el que inaugure corales polifónicas. El eterno delfín ya no estará en ninguna competición. Pero eso, con ser importante, no resulta suficiente. El desgobierno que nos asola no se acaba con una destitución y unas cuantas caras nuevas. Se equivoca José María Aznar si piensa que el único problema que tiene Galicia es Cuiña. Que también. Pero el ex delfín no puede ser el exclusivo responsable de una crisis política y social sin precedentes. Ni puede ser tampoco la única víctima de la catástrofe del petrolero. El proyecto comienza a agotarse. Hace falta más liderazgo y caras nuevas. La sociedad se queja. El aire se hace pesado. Y el Gobierno da muestras de aburrimiento por los contratiempos. Hace unos años, cuando los socialistas daban las últimas brazadas, en un intento desesperado por salir de la ciénaga, José María Aznar, desde los bancos de la oposición, les aconsejó que se fueran para que la sociedad pudiese recuperar la ilusión y la fe en la democracia. Conviene recordarlo.