EN MI pueblo teníamos un alcalde que era constructor; ¡qué mejor en un pueblo con malas pistas! Se acercaban las elecciones y allí salía el alcalde con su cuadrilla a tapar baches y a cavar cunetas. Si la cosa estaba encharcada, incluso te volcaba, con mucho gusto, un poco de zahorra o de morrillo en la entrada de la casa. Y si las fuerzas eran pocas, el mismo primer edil echaba mano de pico o de pala. Llegaba la jornada de reflexión y reflexionábamos de lo lindo mirando cómo la cuadrilla municipal asfaltaba las grietas de la carretera rural, destrozada por los camiones y los tractores. Aquel sí que era un alcalde querido; aquello era pragmatismo. Por esa misma corriente, hay quien piensa que no hay ministro de Obras Públicas como el que está acostumbrado a manejar los materiales de construcción o el que tiene una ferretería. En algunos pueblos se echará de menos al mandamás que, en lugar de hablar de implementaciones o de ancho de banda, te hablaba de las viguetas de vintecatro.