No me llames iluso

JOSÉ MARÍA CALLEJA

OPINIÓN

«NO ME LLAMES iluso, porque tenga una ilusión...», la música del grupo La cabra mecánica nos tiene ídem a la mitad del país, que no paramos de tararearla. Una canción euforizante, pegada a los afanes de salir de la rutina propios tanto de los optimistas como de los que no están a gusto con su vida, y que los publicistas de la ONCE, con gran vista y mejor tacto, han enganchado como melodía para su último anuncio. Aparte de la eficacia pegadiza de la canción en cuestión, lo cierto es que el éxito de la letra se debe quizá a que sin ilusión sería metafísicamente imposible, por ejemplo, enfrentarse a la pesadilla del chapapote, tan incrustado ya en nuestras rutinas. No podríamos tampoco sin ilusión luchar contra ese otro chapapote, sangriento y xenófobo, que es el terrorismo. Pero en estas estamos cuando desde el Gobierno de España se ha agarrado a la agenda por las solapas y después de varias sacudidas se ha decidido dar satisfacción a urgencias aplazadas: el castigo carcelario a los terroristas, la persecución de la delincuencia, el ataque a la parte mafiosa que explota la inmigración; todos ellos asuntos que afectan, como los otros, a la vida diaria de millones de españoles y que ofrecen quizá una perspectiva más fácil de solución. La percepción ciudadana parece que había establecido de forma contundente el carácter insoportable del hecho cierto de que decenas de terroristas salieran a la calle antes de su reinserción, sangrantemente pronto y, desde luego, en mejores condiciones que sus víctimas, entendiendo por víctimas no solamente a los asesinados, obviamente, sino también a los heridos, a los lisiados y a los familiares de los que perdieron la vida. No es literatura, por ejemplo, la imagen de Pilar Elías, única concejal del PP en el Ayuntamiento de Azkoitia, que regularmente se cruza con el asesino de su marido, de contradictorio nombre Cándido, hasta el punto de que lo tiene viviendo en el piso de enfrente. En el argot carcelario, los propios presos suelen utilizar un verbo que resulta bastante expresivo: pagar. Se dice, «yo pagué doce años por un atraco»; es decir, los propios presos entienden, por la vía irrevocable de las palabras, que hay que pagar cuando se comete algún delito. De manera que no parece mal que los que hayan cometidos delitos de consecuencias tan irreversibles como el asesinato, paguen por ellos. La democracia española, la sociedad española, ha sido de una generosidad sin límites cuando otro grupo terrorista distinto del vigente decidió abandonar el terrorismo. Sus militantes escondidos en Francia volvieron a España, se hizo la vista gorda con sujetos que tenían hasta ocho sumarios pendientes, con sangre en más de un caso, e, incluso, se buscó trabajo a aquéllos que antes pegaban tiros. Conozco el caso de una víctima de ETA p-m que salvó la vida por suerte y que luego buscó trabajo a los que habían intentado asesinarle. Hoy la paciencia se ha agotado, la gente ha sobrepasado hace tiempo los límites de la contemplación y son una mayoría los que creen que a los criminales no les puede salir ni gratis ni barato su asesinato. No sé, quizá algún día haya que hacer un gigantesco homenaje a los cientos y cientos de víctimas del terrorismo que durante treinta años no se han tomado la justicia por su mano, en ningún caso. Quizá a ese guardia civil de la Casa Cuartel de Zaragoza, que perdió a sus dos hijas gemelas, dos niñitas de cinco años, y que no desenfundó después su arma fuera de la legalidad democrática. Cito también un solo ejemplo para dejar claro que gracias a ese sublime ejercicio de autocontrol, gracias a ese pulcro ejercicio de la democracia y de cumplimiento de las leyes, las víctimas han contribuido decisivamente a que la sangre del terrorismo no haya derivado en enfrentamiento civil o en guerra. No se puede llamar iluso al que confía en el Estado de Derecho y está dispuesto a ser generoso si el criminal reconoce sus delitos y pide perdón públicamente por ellos.