LOS DELFINES son unos cetáceos tremendamente frágiles. Vulnerables a cualquier galleta de chapapote. Los miles de toneladas de fuel que el Prestige ha soltado no sólo nos deja delfines heridos de muerte en las playas de Galicia. Ayer mismo colocó al principal delfín de nuestra escena política fuera de juego. La salida de Xosé Cuíña del Gobierno gallego cierra un larguísimo capítulo de la historia reciente de nuestro país marcado por la incógnita de la sucesión de Manuel Fraga. Cuiña ya no será el sucesor. Pero lejos de sellar las interrogantes que se plantearon en torno a su futuro y al de su partido, no hace más que abrir nuevos enigmas. ¿Qué hay realmente detrás de su cese? ¿Qué papel ha jugado Madrid en esta decisión? ¿Y Orza y López Veiga? ¿Cuál va a ser la postura que adopte el comando «de la boina» que lideraba? ¿En qué situación queda el Partido Popular de cara a las elecciones locales de mayo? El tiempo, sin duda, nos va a ir respondiendo a cada una de estas cuestiones. Es el que nos va a desvelar pormenores de esta destitución. Pero no hay que esperar mucho para saber que Cuiña ha sido víctima de sus propias pócimas. De una forma de entender el ejercicio de la política. De una batalla perdida frente a quienes entienden la autonomía en otras claves. El delfín de Fraga no ha sido capaz de sobrevivir a las continuas oleadas de chapapote. Él que promovió la fallida comisión de investigación. Él que quiso que Galicia asumiera la gestión de la crisis. Varó con facilidad en las arenas de las intrigas. Como hace unos días lo hizo una manada de delfines en las playas de Lugo. Ya lo dijo Ión de Quíos: «Es inútil la fuerza del delfín en tierra». Cuiña tendrá ahora tiempo de leer a mi admirado Jardiel Poncela, que escribió: «El político vence a veces al presente, pero es siempre vencido por el porvenir».