LA PRIMERA VEZ fue en enero de 1980. Recién restauradas la democracia y la cooperación educacional entre España y mi país, tuvieron a bien destinarme a Ferrol para enseñar el francés, mientras un colega ferrolano vino a dar clases de castellano a mis alumnos de instituto. Hice el viaje en coche desde Borgoña. Tras un desvío burocrático por Madrid, crucé la Meseta bajo un espléndido sol invernal que me llenaba de alegría: iba a descubrir aquella Galicia con la cual había soñado desde hacía varios años y aprovechar esta estancia de tres meses para, en los tiempos libres que me dejarían los alumnos del Instituto Montojo, hurgar en los archivos locales para escribir mi tesis sobre el movimiento obrero gallego. Pero la tierra y el ambiente oscurecieron y de repente me vi envuelto en unas capas de niebla como no me acordaba haberlas visto en mi tierra. Un túnel de compacto algodón, seguido de otro túnel de carbón para pasar los Montes de León. Una lluvia torrencial empezó a caer, obligándome a renunciar a llegar a buen puerto. Me hospedé en un modesto y popular motel de carretera. Al día siguiente, me interné más en unos lugares desiertos, o casi. Estuve a punto de dar la vuelta para volver a encontrar la luz castellana del día anterior. Pero decidí seguir por lo menos hasta la casa de los padres de una ferrolana (conocida por casualidad poco tiempo antes de salir de mi ciudad). En su casa, hacía un frío húmedo desconocido para mí. Tenían una estufa de gas, pero -me explicaron- «sólo la usamos de adorno». Me invitaron a comer un brebaje quevedesco donde nadaban unas legumbres verdes, que, eso sí, no sabían a plástico. Del sabor amargo me acordaré toda mi vida... Aquella señora de la sopa de berzas y aquel señor de la estufa de adorno fueron los primeros gallegos a los que aprecié de todo corazón. Por la tarde, con ganas de ver el mar, miré el mapa y me fui hasta la Punta Frouxeira. Y así fue cómo aprendí a amar vuestro mar bravo. Volví a Ferrol, donde estuve unos días enfermo por la humedad traidora. Unos días y una tazas de ribeiro más tarde, estaba curado. O por lo menos vacunado... A partir de aquel bautizo por unas probables meigas gallegas, todos los pretextos fueron buenos para volver a vuestra prestigiosa Galicia: los entrañables amigos que me introdujeron en la sociedad ferrolana, los que me hicieron penetrar en la cultura y la gastronomía gallega, los que me recomendaron a los que hacían de archiveros, los alumnos y alumnas a quienes enseñé canciones francesas, los compañeros de docencia con los que representamos unas escenas del teatro de Moliere, la estimada colega que me presentó a la Torre de Hércules, me hizo conocer la música de Milladoiro y Fuxan os Ventos, me recomendó los lugares más preciosos de nuestro común Finisterre y con la que descubrí los puertecitos de la Costa da Morte. ¿Cómo deciros, gallegas prestigiosas y gallegos prestigiosos, mi tristeza ante la peste petrolera que sigue sembrando la muerte negra en vuestros caladeros y rías? Tristeza lejana (vivo a casi dos mil kilómetros) y tan impotente como la de Hércules, que desde su Torre bisecular observa aterrado el nuevo desastre. Sólo me quedan palabras de admiración, nuestra admiración ante la valiente abnegación con la que trabaja y lucha Galicia, cual nuevo Hércules colectivo y con ayuda de los voluntarios de tierra adentro, para que la Costa da Morte sea algún día cercano la de la Resurrección.