AL FIN se ha ido el año más largo y más lleno de desdichas. Algunos años no debieran hacer calendario, ni menos perpetuo, como disco giratorio. Habría que borrarlos como olvidamos esas pesadillas de las que uno despierta bruscamente, sudoroso y con la boca seca. Igual que cerramos aquella novela inacabable y amarga que tanto nos costó terminar. Tengo la impresión de que 2002 no se ha marchado: hemos conseguido espantarlo de aquí a empellones, como se tenía merecido. Comenzar un año es como abrir un libro aún no escrito. Tiene el misterio hondo de lo intenso. No hay principio ni final, ni páginas numeradas, ni siquiera contracubierta que nos anuncie con certeza el contenido. Depende de nuestra actitud y avidez leer en él la historia de lo que fuimos, de lo que somos, o la historia de lo que queremos ser. Podemos inventarnos la trama y hasta los personajes, si queremos. Víctor Hugo escribió que toda biblioteca es un acto de fe.