SI LA GUERRA es demasiado seria para dejarla en manos de los militares, también puede decirse que la sucesión es un acontecimiento demasiado importante para dejarla en manos de líderes que se retiran a los cuarteles de invierno. Por eso el PP se encuentra en una encrucijada endiablada, con dirigentes que están más pendientes de su biografía que del programa electoral, y con su futuro hipotecado por dos personajes que, con distinta historia y por diferentes motivos, coinciden en decir adiós. A estas alturas nadie duda ya de que el año 2003 va a ser un período político complejo e interesante para todos, y sumamente difícil para el Partido Popular. Su cadencia, vista desde el poder, se enmarca entre lo que ya es el desastre político del Prestige y lo que va a ser el desastre político de las elecciones catalanas, con un rosario de episodios que nos van a obligar a hacer estación penitencial en la guerra de Irak, las elecciones autonómicas y municipales, la designación del sucesor de Aznar y la multiplicación virtual de los tapados de Fraga. Y eso es tanto como doblar el cabo de Hornos en un velero de cuatro palos, con un grumete al timón y un cadete en el puente de mando. Además de ser una enorme e interminable catástrofe ecológica y económica, el desastre del Prestige tiene la virtud de actuar como un develador de un Gobierno y unos personajes que, protegidos por una etapa de bonanza irrepetible, proyectaban la sombra de grandes estadistas sobre la pantalla de seda de la caja china. Hasta que llegó la marea de fuel y se llevó por delante el artilugio. Las débiles marionetas quedaron al descubierto, y todas las epopeyas que nos contaban acabaron convertidas en mediocres óperas bufas. ¿Qué papel tiene España en la guerra de Bush? ¿Qué fue del milagro económico? ¿En qué discurso se basa el liderazgo de Aznar? ¿Quién va a mantener un partido que sólo sabe vivir en el discurso correcto y en los congresos de mayoría rumana? Las elecciones municipales y autonómicas van a pasarle al poder una costosa factura. La sucesión de Aznar va a hacerse sin orden y con un liderazgo gastado. Y todo el tramo que va desde el final de 2003 hasta las inminentes elecciones generales y gallegas -¡sé lo que digo!- va a hacerse bajo el síndrome de la división y la crisis. Y por eso hay que prepararse para un ambiente que, acostumbrado a vivir con mayoría absoluta o suficiente, empieza a caminar hacia gobiernos inestables, necesitados de una cultura de pacto que hemos dilapidado. Se va la demagogia y vuelve la política, y mucho me temo que ese camino no va a poder hacerse con la pobre clase política que entre todos hemos fabricado. Claro que todo esto no es más que una previsión rayana en la profecía. Y es bien sabido que algunas profecías, por lógicas que sean y parezcan, nunca llegan a cumplirse.