Las tres Galicias

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

04 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

SEGURO QUE usted, amable lector/a, ha tenido alguna discusión familiar sobre el tema del Prestige en estas Navidades. Formulo una mera conjetura estadística. Los gallegos estamos divididos, desde mediados de los noventa, en tres alternativas políticas básicas: centroderecha, izquierda y abstención. Con distintas variaciones locales, erraticidades temporales y humores pasajeros, configuramos un tripartito social muy equilibrado. La tercera parte del cuerpo electoral se va a cada una de esas alternativas. Tal como corresponde a un pueblo sabio y prudente como el nuestro, que ni sube ni baja, ni está parado; sino todo lo contrario. Gana la opción política que logra mejorar un poco su tercio -casi siempre a costa de trasvases de los abstencionistas- o quien consigue que una parte de sus adversarios principales se vaya a la abstención. Hay pocas fugas directas de un partido a su adversario principal. Somos tozudos, no nos gusta asumir que pudiéramos haber estado equivocados en el pasado y preferimos la abstención o el descafeinado voto en blanco antes de irnos a quien fuera nuestro enemigo. A esto lo llamamos fidelidad. Si esto es verdad para la totalidad de la sociedad, también lo es para las familias gallegas que la componen. Y nada mejor que las Navidades para comprobarlo. Cuando estamos en familia nuclear, matrimonio e hijos menores de edad, no suele haber problemas. Hay bastante acuerdo fundamental. Como decía mi madre, los que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión. Pero cuando en Navidad se extiende la familia a padres, suegros, primos, cuñados y amigos íntimos, aparece ya el equivalente doméstico del parlamento tripartito de la sociedad gallega. Que además se cruza con jugosas polémicas sociopolíticas paralelas. Yo mismo, por ejemplo, he mezclado las acaloradas discusiones sobre el Prestige con la polémica sobre el partido Deportivo-Celta. Mi antagonista, una prima de Vigo y celtarra hasta la médula, no me dio respiro. Empatamos por mera educación, pero cada cual dejó las cosas claras y nítidas, como debe ser. Confío en que el resultado del encuentro me dé la razón en última instancia y que en la próxima ocasión pueda echarle una sonrisa conmiserativa. De lo contrario, procuraré evitarla. La sección de izquierda de la familia pasó unas Navidades eufóricas. Creen que les ha llegado la hora de echar a Fraga y entorno, y que todo el mundo les da por fin la razón. Llevaron la voz cantante en los debates y sólo les faltó el decir ya lo decía yo para reivindicarse como los políticamente más lúcidos del clan. El ala pepera estuvo más bien callada. La verdad es que fue objeto de una verdadera cacería simbólica. A poco que formulara una reserva, enseguida le sacaban el tema de las cacerías reales. Pero nadie les convenció. Esperan la revancha, que don Manuel haga algo extraordinario y que Aznar vuelva a ser el de antes de la boda de la hija. Los abstencionistas se divirtieron, disfrutaron la suficiencia del neutral. El escepticismo siempre juega a favor de marcador. Fiarse de los políticos nunca es apuesta segura. Claro que eso es situarse fuera de la historia. Como diría el viejo Sartre, para estar en la movida hay que ensuciarse las manos. Claro que no en Muxía. Bueno, al final hubo fotos con niños y perros. Ellos no votan y su inocencia constituyó un bálsamo para todos. Hasta la próxima oportunidad. Nos veremos las caras después de las municipales. Y si no, tras las generales. Entonces veremos quien ha ganado de verdad con el Prestige.