Generación Tamara

OPINIÓN

03 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

AQUEL VERANO tuvo su canción que duró todo un invierno. Los veranos concluían cuando dejábamos de escuchar el cancionero romántico de nuestra adolescencia. Pero aquel año no fue así y la luna de Capri duró lo que dura el amor en un corazón mozo. Los Tamara hibernaban entre Madrid y Palma de Mallorca. Modesto Bermúdez, Rasputín , que descifraba el alfabeto de la música en los trastos electrónicos de la mítica Fender, era y es de mi pueblo, era y es mi amigo, y por aquel entonces le daba un toque rabiosamente pop a la formación de Prudencio Romo. Quedábamos algunas tardes con Pucho Boedo y otros gallegos morriñosamente cosmopolitas, para soñar canciones en la barra del Enxebre, allá por Alberto Aguilera, que es por donde Madrid reinventa los bulevares. Queríamos ponerle música a la revolución y no dábamos con el tono adecuado, obsesionados con una estética átona y minimalista de quilapayunes, violetasparras y bellaciao, no escuchábamos los ritmos calientes que iban y venían permanentemente a Santiago, peregrinando en forma de cumbia. Y bailábamos en el Yulia o en el Consulado en las sesiones vespertinas de los jueves, posponiendo indefinidamente la toma de los palacios de todos los inviernos. Pucho Boedo tenía la voz dorada, cuando hablaba lo hacía con la cadencia de un bolero. Parecía uno de los grandes intérpretes italianos de la canción ligera, escuela Renato Carosone, tan en boga por aquellos años. Aquellos rapaces impacientes que acudíamos en romería cívica al piso madrileño de Celso Emilio, nos encontramos con la síntesis de lo popular y lo culto a ritmo de bailable, y nos subimos en marcha al tren del primer disco en gallego de los Tamara. Por entonces Rasputín ya tenía una novia sueca que conoció en Mallorca y con la que sigue casado en el país del norte. Yo sé que en las noches mas frías de enero, tararea por Estocolmo una versión silbada de Galicia terra nosa , canción que fue un emblema y un salvoconducto de galleguidad y que yo escuché sonar en los comedores de los trabajadores de la Krupp en la pequeña ciudad alemana de Bochum y en la estación de tren de Ginebra un domingo triste y antiguo. Generación Tamara, dentro y fuera, santo y seña de la emigración gallega a Centroeuropa, bandera que ondeó con todas nuestras esperanzas escritas en la clave de sol de la melancolía. En muchas ocasiones he realizado el elogio debido al vocalista, ensalzando al animador versátil de las orquestas, contando la geografía orquestal de Galicia. Alfabeto sonoro que va de los Pontinos a la Finisterre , de la París de Noya a la Variedades de Viveiro, de los Sprinters a los Píndaros , de los Satélites a la Compostela . Banda sonora, sinfónica y popular de mi país. Por todo ello, celebro la recuperación musical de una generación que al comienzo de los setenta, cuando ya los Tamara eran el mito musical de los gallegos, aprendía a hacer el camino de ida de la emigración europea, mientras otros muchachos de idéntica nación saludábamos emocionados las canciones firmadas por Curros o Rosalía, que renacían como primaveras en la voz de Pucho Boedo. Yo no sé por qué sería, pero aquel verano me enamoré para siempre. ¿Qué habrá sido de ella?, y la canción de aquel verano duró todo el invierno. Parece que fue ayer.