Mirabilis annus MMII

OPINIÓN

29 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO VUELVA e leerme en este espacio ya será el día 2 de enero del 2003, y la tragedia del Prestige habrá sucedido «el año pasado». La gran mancha irá entonces camino de las Landas francesas, y el Gobierno de España empezará a reclamar su dominio sobre los vientos y tempestades, al que sólo renunció mientras las oleadas de fuel llegaban incontenibles a las costas gallegas. Lo que antes era explicación y causa de una catástrofe natural sin precedentes, cotiza ahora como un éxito político en la hoja de servicios de Mariano Rajoy, y todos proclaman que el peligro se aleja -¡olé, olé, el petróleo no se ve!-, como ya hiciera el barco, camino de ninguna parte. Para Aznar y Fraga es evidente que el año 2002, último capicúa del siglo XXI, termina como un annus horribilis , en el que la mala suerte se ha cebado sobre su gestión providencial e impecable. Las 30.000 toneladas de fuel vertidas al Atlántico -¡pelillos a la mar!- no son más que una mota de polvo en el piélago de felicidad que ellos nos regalaron. Y todo su esfuerzo se centrará en convencernos de que el futuro de España sólo tiene dos nubarrones en su límpido horizonte: el pobre Caldera, ¡que no se entera!, y el pérfido Ibarretxe, que, carente de patriotismo constitucional, no espera a que lleguen Mayor Oreja y Otegi a tumbarle el presupuesto. ¡Tramposo, más que tramposo! Que el mundo esté al borde de un conflicto lleno de riesgos y de injusticias no nos preocupa, porque somos «los buenos». Que Europa se enfrente a su mayor reto, con la ampliación al Este y la redacción de su proyecto constitucional, no merece ni un solo debate. La inflación la trajo el euro. La huelga general y la crispación social fueron errores de un ministro ya cesado. Los casos de corrupción que asoman en todas partes -desde Valencia a Zamora y desde Baleares a Madrid- no tienen comparación con el triste final del felipismo. Y el lío sucesorio del PP, que tanto divierte a Aznar, no puede considerarse una cuestión de política pública, sino privada. Ello no obstante, creo que el año 2002 es menos horrible de lo que parece, y que no está muy lejos de convertirse en el mirabilis annus que proclamo en el título. Porque todo apunta a que los españoles, y muy particularmente los gallegos, hemos dejado de chuparnos el dedo, y que estamos aprendiendo, de una vez por todas, para qué sirve la política, en qué consiste un buen Gobierno y cómo se pincha el globo de un liderazgo construido sobre una crisis de legitimidad conscientemente provocada, la bonanza internacional, la suerte, el vale todo y el énfasis de lo obvio. El año 2002 se va lleno de lecciones. Y, siempre que no las olvidemos, será un año para recordar.