APARTE DE resolver los problemas del día y encauzar los que puedan venir (« cura promovenda salutis et advertendi mala futura »), la función de los gobernantes tiene otro componente fundamental: el de orientar, dar confianza y razonable esperanza, sobre todo en los momentos difíciles. Y eso no se consigue con inhibiciones, disimulos de la realidad o con la consabida táctica de desviar a otros las responsabilidades propias. No cabe la ingenuidad de pretender que, como alguien dijo, la política haya de ser «la poesía en marcha» y que en ese camino altruista se inmole generosamente todo aquel que la ejerza. Pero alguien debiera salir a escena en estos momentos por los que pasa Galicia, dar la cara y hablar un lenguaje sincero que permita atisbar algo de gobernación responsable y de esperanza. Si no, llegaremos a lo de Eça de Queiroz, en el Portugal de finales del XIX, cuando le propusieron para la política: «¿Procurar ser ministro? Mi vanidad nunca me permitiría descender tanto».