Amar a Galicia

OPINIÓN

SI AMAR a mi tierra, donde quiera que me encuentre, es nacionalismo, soy nacionalista gallego. Si amar mi cultura, mi lengua paterna, las costumbres de mi tierra es ser nacionalista, yo debo serlo hasta el alma. Pero si el nacionalismo consiste en hacer Estados donde había regiones sin fronteras, diferenciar a los hombres por su acento o por el color de la piel de sus manos, que me borren, que me voy a la trinchera, que me pongo la camisa partisana de la igualdad y la solidaridad. He visto a los alaveses de bien preguntando por Galicia, diciendo que van a ir en cuanto tengan un momento, apretando mi mano con la fuerza del cariño solidario. He sentido el amor a Galicia desde esa Álava en la que estuve añorando a mi tierra más de un cuarto de siglo. Los acentos de España se han mezclado con el ruido de la mar, con los gritos de las aves marinas, con la música de fondo de nuestros vientos, en la costa más hermosa de la Península Ibérica. El petróleo y su negro manto han servido para redescubrirnos a nosotros mismos. A los de aquí, para sentir el dolor profundo por la agresión del vertido a nuestra tierra. A los de fuera, para sentir que somos una parte de ellos. Estas Navidades tienen sabor amargo a pichi con galipote ; suciedad civilizada que nos ha impregnado la piel y el paisaje, pero que nos ha servido para apretar manos y compartir sudor en la tarea de proteger el patrimonio de la humanidad. Hoy, los gallegos somos universales; la primera comunidad de España; un episodio maravilloso en la vida de muchos jóvenes que han hecho el camino hacia la tierra de Prisciliano con sus manos abiertas para trabajar para Galicia. Hemos dejado de ser la esquina verde de España. La lección está servida, no sólo en la prevención del riesgo a otras catástrofes; también en la capacidad de las gentes para organizarse en ayudar. Cuando todo esto termine, estaremos en deuda de gratitud con gentes anónimas llegadas de los cuatro puntos cardinales.