La hora de la oposición

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

A VIDREIRA

25 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

A LO LARGO de las seis semanas transcurridas desde el accidente del Prestige, que la incuria del Gobierno convirtió en un desastre de pavorosas dimensiones, se ha producido un acelerado proceso de cambio en la sociedad gallega. No me refiero sólo, ni tanto, a los efectos ecológicos y económicos de la catástrofe, por otra parte muy visibles, sino, y sobre todo, a la transformación que se está operando en el sistema de valores, en el alma colectiva del país. Pocas cosas fortalecen más las señas de identidad colectiva y el orgullo de pertenencia a un pueblo que compartir grandes y difíciles experiencias. Sobre todo si éstas se afrontan con el coraje y la dignidad que ha demostrado el pueblo gallego en la lucha contra la tragedia que asola nuestras costas y amenaza nuestro estilo de vida. Esta profunda mutación se está trasladando muy rapidamente a la expresión política del país, como consecuencia de la perentoria necesidad de articular respuestas coherentes con las novedosas y acuciantes demandas de la ciudadanía. Todo el proceso transcurre aceleradamente debido a la notoria falta de dirección política de la Xunta y la pérdida de credibilidad de su presidente. La imagen de un Fraga providencial, casi totémico, capaz de defender como nadie los intereses de Galicia y proporcionar seguridad a los ciudadanos, se ha desvanecido a la velocidad de la luz, dejando un enorme vacío político que es preciso llenar cuanto antes. En estas circunstancias, la proyección de una alternativa política, sólida y solvente, deviene una cuestión de primer orden en la gestión y salida de la crisis, tiene relación directa con la eficacia de las medidas estructurales que será necesario adoptar para acometer la reconstrucción de Galicia. Como la experiencia demuestra y la rigurosa literatura económica pone de manifiesto, un desarrollo político sano y democrático es el factor primario del desarrollo económico. Nunca se exagerará la influencia que un proyecto político estable, eficiente y predecible tiene para la seguridad de los ciudadanos y, por tanto, para el desarrollo económico. Pero una alternativa de gobierno es un factor político indígena, y no algo que pueda prescribirse desde el exterior. En Galicia esa alternativa sólo puede articularse a través de la colaboración de dos partidos (PSdeG y BNG), de similares dimensiones sociales y electorales pero con perfiles políticos muy diferenciados. En consecuencia, cada uno de ellos tenderá a identificar el tipo de salida que necesita la crisis con su particular universo político-cultural. Es prematuro predecir quién (y con que valores) hegemonizará el previsible proceso de cambio en Galicia. En otro momento prometo extenderme sobre esta relevante cuestión. Pero ambas fuerzas políticas cometerían un grave error si, como consecuencia de su legítima disputa por el liderazgo, contribuyen a difuminar la necesaria alternativa de gobierno, sembrando dudas sobre su fiabilidad y estabilidad. Espero que no cometan semejante deslealtad con Galicia y comprendan que ha llegado la hora de demostrar su competencia para dirigir el país.