La resignación


CONFÍO en que los gallegos no caigamos de nuevo en un desesperanzado conformismo en vista de la incapacidad del Gobierno para ganar la guerra química que se libra en nuestro litoral, pero me preocupa pensar qué ocurrirá cuando la marea negra deje de ser noticia de primera porque ETA, la guerra contra Irak, la crisis de Venezuela, el hambre de Argentina y otros sucesos, recuperen potagonismo en los medios de comunicación. Aunque la avalancha informativa no ha logrado cambiar la forma en que Madrid y Santiago abordan la crisis, supone un estímulo impagable para mantener viva y conectada la conciencia de este pueblo tan familiarizado con la indiferencia, por no decir con el desprecio. Pero ese día llegará y nada hace pensar que coincida con el fin de la catástrofe.Semeja que quienes nos han arrastrado hasta aquí esperan que con el paso del tiempo nos acostumbraremos a ver como algo normal los acantilados ennegrecidos donde no volverán a fijarse los percebes, o las playas compartiendo arena y mar con galletas de combustible e insondables reservas subterráneas y submarinas de chapapote.Al fin y al cabo, hemos sido capaces de aceptar, sin escandalizarnos demasiado, que las aguas de nuestros ríos fluyan transportando residuos industriales y fecales, que desaparezcan ingentes masas forestales por los inevitables incendios de cada verano, que la masiva extracción de piedra -recurso no renovable, por cierto- produzca irreversibles caries en nuestro paisaje de montaña o que industrias altamente contaminantes y peligrosas sigan produciendo pasta de papel o energía a costa de mancillar el legado que dejaremos a nuestros hijos.Y es que, como dijo Concepción Arenal, «la resignación no es sino el hábito de sufrir».

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